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Die, die, die my darling

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Die, die, die my darling

Mensaje por Julietta Capuleti el Lun Feb 03, 2014 7:44 am

Once con veinticinco de lα noche » Invierno » Stilwerk, underground pαrking » Romeo

And if I had to crawl, will you crawl too?All this bad blood here, won´t you let it dry?It´s been over for years, won´t you let it lie?

–¡Papi! Hace tanto deseaba una simple llamada tuya… quería escuchar tu voz– Sin poderlo resistir un segundo más, observé un destello apenas distinguible de mi sonrisa reflejándose sobre la reluciente superficie del aparador. –Me compré una falda de tubo con volante Chanel, y una top crop…pero te enfadarás porque son muy reveladoras, ¡ah! ¿Y adivina que traigo para ti? Una fragancia Emporio Armani seleccionada especialmente por Julietta Linton para papi Capuleti– escuché su risa a través de la línea telefónica –Lo de vestir discreta y decentemente lo hablaremos aquí, en casa y evaluaremos tus prendas. Me alegro que estés divirtiéndote en Viena. La última vez que visité ese lugar fue con tu madre, ella tenía diecinueve…yo ya pasaba los veintitrés, ¿ya has ido a el Prater? Te maravillarás. De todos modos, ¿qué hay con tus escoltas?¿Todo está bien? – la zozobra de repente se transparentó en el tono de su voz. –Ehm…sí, los gorilones están tan circunspectos como siempre, necesitaban vacaciones también - le aseguré mientras observaba el conjunto invernal en colores neones reluciéndose y mostrándose para todos. Inconscientemente, el nerviosismo se coló a través del tono de mi voz. Hacía segundos  los había perdido de vista, a propósito. Había dado vuelta por varios sitios, y me había ceñido a una amalgama colosal de personas. Jamás pensé que sería tan sencillo y fácil de hacer, sobre todo con los asesinos a sueldo de mi padre.– Colgaré. Te quiero papi, llevaré algunos obsequios para tus matones– Me despedí, no sin antes recibir sus típicas precauciones de cuidarme, no presentarme con mi apellido real, no hablar de mi familia u origen, omitir la atención a sujetos extraños, mantenerme a la sombra de los guardaespaldas y recordar  cubrirme especialmente en estos días tan fríos, y mucho menos en la renombrada helada Viena…de no enfermar demasiado, pues no estaría ahí para tomarme la temperatura y hacerme té caliente. En realidad, era todo un padre tradicional, con una vida no muy convencional. Uno de mis más remarcables temores era despertar un día y saberme absolutamente sola y rodeada de miles de recuerdos y espejos que reflejaban las huellas que había dejado y con esa sensación de no haber amado nunca.  Pero…con mi padre y mis adorables gorilas envueltos en armas, adorables y sobre protectores, no habría de pasar eso nunca, ¿verdad?

Fundiendo mis pensamientos en la nada, salí del centro comercial y me dirigí hacia el aparcamiento subterráneo con las numerosas bolsas de Calvin Klein, American Eagle, Ralph Lauren y Gucci, algunas colgando del mismo antebrazo que correspondía a la mano donde cargaba un caffè espresso americano. Me percaté del sabor que perduraba en mi boca, debía ser a causa del “Expresso Roast”, su intenso aroma y su suave acidez bien balanceada con un dulzor denso y acaramelado.

En eso, escuché el celular vibrar en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón. Lo saqué con esfuerzo y observé con disgusto el remitente. Me debatí mentalmente unos segundos si debía recibir la llamada. Suspiré, sería problemático.
–¿Qué pasa, Al Capone?¿Qué quieres? – Formé un automático puchero con mis labios, pasando por alto el hecho de que no podía verme.
–¿Dónde demonios estás? Enciende el localizador de tu celular e iremos rápidamente hacia ti. – Distinguí la intranquilidad, en medio de su diálogo. Mordí mi labio inferior y atiné a sonreír con travesura.
–¿Por qué? No quiero, definitivamente no quiero. Es su castigo por no llevarme a comprar algodón de azúcar. Me prohíben todo, con ustedes no puedo.
–Escúchame, pequeña pija. No llames demasiado la atención, mantente encubierta, sube al carro y enciéndelo ahora mismo. – Su visible precaución comenzó a preocuparme, dejándome callada – O es el centro comercial favorito de los Strangio o, deliberadamente te están cazando.
–¿Estás burlándote de mí, para encontrarme? No juegues, hemos estado una completa tarde despreocupada, tranquila y aburrida, ¿y esperas que crea que repentinamente decidieron atacarnos? Váyanse al diablo, tú y tus jocosas bromitas. No volveré a caer. – Le corté con rapidez y fruncí el ceño, colgándole. Una vacilación se instaló en mi interior casi al instante. Pero traté de ignorarla, pensando que los guardaespaldas habían maquinado toda la falacia en un atisbo de volver a mí, asustados por las consecuencias de que mi padre se enterase de que ahora mismo me encontraba sola, cuando no podía ni pestañear o respirar sin alguien más a mi lado. Inspeccioné el sitio; al estar recién inaugurado, había puntos ciegos donde cámaras de seguridad jamás habían sido instaladas, y en algunos lugares, la iluminación estaba incompleta y en su lugar, a punto de ser terminada.

Pronto distinguí el Volkswagen Tiguan color azul eléctrico y me encaminé a él, cuando improvistamente se escucharon una serie de disparos. Mis sentidos me alertaron, ensordeciéndome,  y estuve a punto de correr bajo el vivo reflejo mecanizado de mis músculos, pero antes de que siquiera pudiera mover solo uno, un sujeto se estampó directamente en mí, cayendo sobre mi cuerpo. -¡Ten cuidado por el amor de Dios! – Exclamé al sentir como el café se derramaba sobre mi pierna, y las llaves de mi auto salían disparadas en dirección desconocida. El tipo se levantó como si nada, tan atemorizado tal cual una cucaracha sintiéndose amenazada por veneno. Muchos más le siguieron, personas huyendo fuera del, probablemente sitio donde se habían escuchado las estridencias segundos antes. Enjambres completos, dos…tres familias, riadas de gentes…incluso algunos carros habían acelerado fuera del sitio. Sin embargo, no había nadie ahí para ayudarme.

Los gritos ya no se oían, los sollozos eran mudos, algunos concentrados en salvar lo que era importante para ellos, y otros tantos, destruyéndolo, haciendo añicos el pilar de toda su vida. Todo emitía un sonido avasallador y sin embargo no podía escuchar nada.
Mi tobillo derecho ardía, casi podía escuchar sus palpitaciones dentro de mí. Me senté unos segundos, y levanté apenas el pantalón, se encontraba hinchado y parecía próxima la formación de un horrendo moretón en el sector. Una detonación más provocó que el vidrio frontal de uno de los autos más cercanos a mí desmigajara en cuajos, algunos más pequeños que otros, otros siendo pequeñeces y cristalitos centelleantes sobre el piso.
Intenté pararme una vez más, pero era obvia la incapacidad para caminar o sostener mi peso apoyándome en la  débil articulación.
Si no podía andar, las posibilidades disminuían segundo a segundo. Hice el remedio de andar a gatas, al instante algunos fragmentos se incrustaron sobre mis palmas, haciéndome sollozar y condolerme. Escuché pasos acercarse y mascullé…lo que sea que fueran, tenía que esconderme, pronto. El ritmo cardiaco se elevó, mientras sentía la boca pastosa, seca.

-¿Qué tenemos aquí? Lindo conejito, me temo que tu final no será igual de bonito. No es nada personal, simplemente no debiste de quedarte aquí, a escuchar lo que escuchaste, a ver lo que viste…¿y qué más? Lo olvidaba, ser la asquerosa zorra mayor de los Capuleti– Un hombre salido de la nada, apuntó su arma a mí. Mi cerebro repentinamente se bloqueó, cada neurona en shock, mis cuerdas vocales se atrofiaron. Nadie sabía de mi identidad, ¿por qué el sí? Estaba perdida. El arma se descargó, y sentí una laceración en el hombro, como un fierro caliente entraba en contacto con mi piel…caliente, caliente…era lo único que podía pensar cuando recababa en la zona donde había penetrado la bala. Aquel dolor era desconocido para mí. Las gotas de sangre caían a golpes secos al suelo.
De repente me faltaba la respiración, comenzando a gimotear en desesperación,  implorando, hipando. Todos los sentidos se nublaban y mi cuerpo se negó a moverse,  mientras sentía el sudor recorrer mi mejilla.

Alguien me tomó por sorpresa por el cabello, -¡Pero mira que linda es! ¿Cómo es que los cerdos Capuleti tienen tan buenos genes? – La segunda voz se burló, cuando por fin caí en la cuenta de que el sujeto se encontraba a cuclillas, muy cerca de mí, y posó su asquerosa lengua sobre mi mejilla. –A mí me gusta mucho cómo gime cuando se las da de perra llorona, cuando todo esto termine, ¿me dejarás quedármela como mascota? Me pregunto si así gritará en la cama - Sentía la electricidad recorrer mi columna vertebral, dificultando cada movimiento, tensando mis músculos. Mis labios se entreabrieron, pero no emití ningún sonido. ¡Tenía tanto que decir!
-Quédatela, si sobrevive.
-No me importa si lo hace, la mataré en cuánto su propósito muera y deje de servirme. Después de todo, a eso nos mandó el jefe.
-Tómala y vayámonos rápido, la policía no tarda en llegar.
-¿Qué sucedió con el Montecchi? No puedo creer encontrarlo de casualidad, cuando cazábamos a la conejita. Quizá hasta deberíamos dejársela al Motecchi, con la rivalidad…seguro le hace cosas peores que nosotros.
-Al parecer el jefe lo perdió. Pensó que lo tenía, pero mató a otro tipo pensando que se trataba de  él, y Montecchi probablemente huyó aprovechando la confusión.
-Es tan astuto y deslizadizo como su padre- Gruñó.

El desconocido me sujetó de la cintura, arrastrándome con él, con la intención de llevarme a no sé dónde .Tosí fuerte, mi garganta estaba áspera y el oxígeno escaseaba, tenía la sensación de ahogarme en un río de fuego, de hundirme en un abismo sin final. Supe que era suficiente, que de morir, moriría con un poco de dignidad. Tomando fuerzas, golpeé con mi rodilla su entrepierna, haciéndolo encogerse. No duré ni dos segundos antes de dar contra el suelo, de boca. Ahí se terminó todo, sabía que me matarían. Apreté los ojos con fuerza. Mi conciencia comenzaba a abandonarme poco a poco.
"¡Estúpida perra, ven aquí!"

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Re: Die, die, die my darling

Mensaje por Romeo C. Montecchi el Dom Feb 09, 2014 1:02 am

...believe me...I was afraid you would die too quickly...

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Escuché que uno de los Montecchi está en la ciudad
¿Cuál? ¿El hijo?
Si, al parecer su padre ya tiró al ruedo a su hijo único
Eso nos conviene, lo quiero muerto…No, mejor lo quiero vivo
¿Qué pretende?
Cobrarle todas y cada una, ya conoces a los hombres de esa estirpe y su devoción por la familia y las mujeres
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No se les escapaba ninguna, de alguna forma se habían enterado de mi presencia en Viena y ahora solo quedaba una opción: Matar o mueres. Personalmente prefería matar. Vendrían por mí en cualquier instante, solo esperaba el momento indicado. —No comprometas a la familia—susurre mientras bajaba por las escaleras. Todos parecían tan absortos que no se daban cuenta que podrían ser víctimas del infierno desencadenado de milenios y milenios de guerras de odio y vaya que los Montecchi habíamos infundado el odio pero los Strangio, esos perros con sus pequeñas gemelas, las zorras desgraciadas de las que ya sabía tenían las manos manchadas peor que cualquier otro eran los que nos debían muchas y no las iba a dejar pasar ya que ambos lados teníamos conocimiento de nuestra locación. Entregué la llave de la habitación en recepción justo en el momento en que dos camionetas negras se estacionaban enfrente de la puerta de cristal del hotel. Tan predecibles. Caminé hasta una de las salidas de emergencia y ahí me detuve, recargué un hombro en el marco de la puerta para admirar la escena, discretamente algunos de ellos subieron mientras otros cuantos se dispersaban en las distintas áreas del lugar. Bajé los ojos para mirar la hora, era tiempo de marcharme pero no sin antes dejar un aviso. Estacioné el Aston Martin One-77 cerca de donde estaban las dos camionetas, pasaron 15 minutos antes de que volvieran a la entrada. Cruzamos miradas por un segundo pero tardo mucho menos en que el contrario decidiera sacar su arma y yo al contrario arrancara el automóvil sin más inmutación que enseñarle el dedo corazón. Cinco minutos más tarde la cacería era toda una diversión, no entendía como el gran señor Montecchi me había apartado de todo aquello pero por supuesto, solo cuando estaba en apuros a mi jodido padre se le ocurría buscarme.

Un centro comercial. No era el mejor lugar para arrastrar a 7 matones pero me ayudaría a hacerles perder tiempo y con suerte solo salir con un navajazo de no mucha profundidad. Admitía estar acorralado pero no de ser así ¿Dónde quedaba lo interesante? Los guié con pasos rápidos por entre la gente, podía oler sus ganas de vaciarme una de las armas que traían bien escondidas entre la ropa, sabía que tan desesperados estaban así que detuve su sufrimiento. Me dirigí al estacionamiento subterráneo para esperar aquel encuentro. — ¿Así que aún los ocupan como sirvientes? Creí que ahora tenían un mejor puesto pero veo que no pero díganme algo ¿Que los trae por aquí? Es obvio que no era su principal blanco—la voz resonaba gracias a la particular acústica del lugar. —Di lo que quieras Montecchi, no llegarás a tus 22 años, por lo menos no vivo ¿Por qué tu padre mandaría a su bebé a hacer el trabajo de un hombre? —reí ante sus palabras, hacía no mucho había tenido una pequeña platica con un amigo acerca de todas las formas en que podrías creer insultarme y aun así no lograrlo. —Por la misma razón por la que tu jefe sigue utilizando perros para no mancharse las manos y seguir siendo el marica que es—no estábamos lo suficientemente cerca para leer al otro pero sabía que estaban furiosos. Un disparo de la parte contraria fue suficiente para alarmar a la gente y armar un total caos por todas partes. No me convenía estar en ese lugar, era tan culpable como ellos y la policía no me dejaría meterme un balazo antes de que me obligaran a hablar. Entre la confusión y el tumulto, algunas voces dirigiendo a las personas a  las salidas de emergencia “Por un ataque desconocido” me dio el tiempo suficiente para perderme y esperar en una de las esquinas más oscuras del estacionamiento pero también la más cercana a uno de los accesos a la parte de arriba de la plaza. Escuché más detonaciones, gritos y llantos, el chirrido varios autos tratando de huir del lugar tan rápido como su caja de velocidades les permitiera. El ruido se calmó y ahora no quedaba más que el sonido de la calma. Seguramente se habían rendido, no había murmullos ni pláticas en susurros, ningún indicio de que siguieran esperándome podía salir con total libertad sobretodo tomando en cuenta que el ligar había sido planeado de la manera más idiota que a alguien se le ocurrió ¿Ninguna cámara de vigilancia en el estacionamiento? Estúpido, no había otra palabra.

Otro disparo me alertó. —Vaya que no se rinden—me acerqué con cuidado a donde había escuchado la detonación y lo escuché todo. El siguiente disparo tuvo la peculiaridad de ser a quemarropa, quien fuera que fuera la chica de seguro moriría dentro de poco, por sus gemidos ahogados sabía que si entraba en shock de seguro tendría suerte…O no, la mujer con lo poco que le quedaba de fuerza parecía ser una guerrera o como yo al menos trataba de tener algo de orgullo en su muerte. Quería vivir ¿Y quién era yo para quitarle aquello? Corte cartucho y salí por detrás del hombre que por la escena había sido el primero en encontrarla, fue un disparo limpio en la cabeza. — ¿Con que jugando al semental? Si, vamos a ver quién es la perra ahora…ah, no lo creo ¡Dejala!—miré el cuerpo de la chica que soporto demasiado para su menudo cuerpo, sin dejar de apuntar con el arma al sujeto. —Pensé que me buscabas y ahora que me tienes aquí parece que te vas a mear en los pantalones, hablemos como amigos así dejas de verte tan estúpido—guardé la distancia sopesando todas las ideas en las que podría cobrarme la muerte de la chica, tenía poco tiempo así que debía ser rápido pero igual de efectivo que tener al idiota en un cuarto oscuro…disparé en su muslo y enseguida cayó al piso con el rostro colapsado por el dolor que de seguro era horrible. — ¿Por qué lloras? Serás hijo de puta ¿No que eras muy hombre? Ya deja de llorar—me acerqué hasta quedar a su altura y le propiné una bofetada.

“Romeo ten cuidado con eso, no sabes cómo son esos hombres” lo había olvidado hasta que algo parecido a un puñal me atravesó dos veces en el mismo sitio. — ¡Bastardo! —le pegué en el rostro con el arma. —Quiero jugar un juego, será muy divertido lo prometo se llama “Tú me imploras y yo decido si te perdonó la vida” ¿Qué te parece? —apunté el arma a su rodilla izquierda y ahí disparé, la sangre comenzó a fluir de inmediato como fuente sin descanso. —Empieza, no te escucho—al no recibir respuesta me levanté para ensañadamente colocar mi pie sobre la rodilla recién lastimada y hacer presión. El desgraciado profirió un grito pero no hubo palabras. — ¿Con que aún puedes más? Está bien, aún tengo muchas balas—tomé una de sus manos y de nuevo descargué la pistola, empezó a balbucear cosas sin sentido que de no haber sido por la mancha de sangre que tenía en el brazo, y el dolor, me hubiera parecido muy cómico. —Por favor, tengo una esposa y esta esperando un hijo…por favor…—hice un gesto de desagrado ante la historia barata. — ¿Qué? ¿Sabes algo? No te entiendo pareces gata en celo ¡Vamos, tú puedes hacerlo mejor! Así como con ella—dirigí mi mirada a la chica, de nuevo la misma historia sobre su esposa, su hijo y esta vez añadió un “Haré lo que sea”. — Te diré algo, admiro tu esfuerzo digo no debe ser fácil hablar mientras se pierde tanta sangre, en serio lo aplaudo pero te diré una cosa ¡No fue suficiente! Y da gracias que tu hijo no va a conocer a la escoria que tenía como padre—me levanté solo para darle el tiro de gracia. Guardé el arma sintiendo como mi brazo comenzaba a entumecerse por el efecto de la lesión. — Y tú…—me acerqué para girar a la muerta, solo para darme cuenta que su pecho subía y bajaba, de forma muy inconstante y lenta pero lo hacía. Algo parecido a la desolación me pegó de golpe ¿Qué debía hacer? Le tomé el pulso, muy débil…no se rendía.

De acuerdo estás viva ¿Escúchame? Estarás bien ¿De acuerdo? No te voy a dejar morir—quité algunos mechones de cabello fuera de su rostro y retire la especie de bufanda que llevaba al cuello para hacer un torniquete que frenara la fluencia de sangre en su hombro. Podía escuchar a Stefan a lo lejos, diciéndome que había sido literalmente un pendejo por llevarme a una desconocía pero no la iba a dejar. —Tú y yo nos vamos—pasé un brazo por debajo de sus piernas y me levanté junto con ella. La pseudo-muerta pesaba casi nada pero su cabeza cerca de la puñalada no ayudaba mucho. Las sirenas sonaban cerca por lo que me apure para salir de la escena del crimen hasta mi auto. La coloqué en el asiento del copiloto y me pareció que cada vez estaba peor, si seguía las señales de tránsito la chica no viviría para ver la luz del sol. Aceleré hasta el fondo, rebasando autos y dejando atrás a los policías corruptos que preferían estar alquilando putas en vez de checar el tráfico. La fortuna de los Montecchi la había salvado, de no tener propiedades literalmente en todo el mundo yo estaría en problemas y ella en una caja tres metros bajo tierra. —Hoy estás de suerte bonita—la volví a tomar en brazos antes de acercarme a la entrada de la residencia. La gente se movilizó enseguida. — ¿Qué paso? ¡Romeo estás sangrando! ¿Qué paso? —ignoré a todo al que se me cruzaba por mi camino, quería llegar lo antes posible a una recamara. Las preguntas seguían y mi humor empeoraba. — ¿Acaso son ciegos? ¡Esto paso! ¡Muévanse inútiles! Llamen a un doctor y me importa un carajo que lo tengan que traer con la pistola apuntando su cabeza o que lo tengan que matar después…la quiero viva—abrí la puerta de una de las habitaciones para depositar a la chica con cuidado en la cama.

Toqué su frente e incluso me atreví a cortar un trozo de blusa para ver la herida, era seria pero eso no era lo peor, había perdido mucha sangre sin contar que tenía ambas manos astilladas por lo vidrios y una fiebre del demonio. Era una verdadera suerte que hubiera sobrevivido, cualquier otra por la simple impresión hubiera muerto.—Necesitas atenderte también—escuché la voz pero decidí no prestar atención.—Primero ella...y quiero ver el proceso porque si no puede salvarla yo mismo le dejo un lindo hoyo de entrada y salida en la cabeza—entrometí dos dedos en las bolsas delanteras de los jeans de la chica para encontrarme un ticket de compra "Julietta Linton", Me incliné hasta que mis labios rozaron el lóbulo de su oreja.—¿Cierto Julietta? No llegamos hasta aquí para que te murieras, no aún.—la miré en su delirio y me parecía terriblemente bonita.
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Re: Die, die, die my darling

Mensaje por Julietta Capuleti el Dom Feb 16, 2014 5:22 am

Apreté los ojos, esperando algún arremetimiento, que algo me atravesara la cabeza o me dejara invalidada de por vida, pero en ningún momento sentí más dolor que el que se intensificaba segundo a segundo en mi hombro, o el de la carne sangrante y tierna en mis palmas, que ni siquiera se comparaba con la pesadez en mis huesos, haciéndome ahogar gruñidos que se deslizaban como quejidos de mi boca.
Estaba rompiéndome como un soez pétalo que no habría sabido resistirse a ser arrancado de su recinto por un etéreo hálito. Estaba tan perdida como para dar cabida a mi cerebro de tragar todo lo que oía a lo lejos, sólo sabía que entre las palabras, había algunas malsonantes y las demás seguían inyectadas de arrebato próximo a volverse en violencia, era incapaz de descifrar una sola nota que demostrase contención, en esos hombres no existía una simple corazonada que me llenase de esperanza, de pensar que seguiría viviendo, de un freno denominado compasión, no había nada que les serenara la sed de sangre. Verdaderamente estaba acabada, ¿lo habría estado desde el principio, había estado maquinado todo para ese cierre tan lamentable? ¿Por qué tuve que escoger justamente este lugar?¿Por qué no había hecho caso a las indicaciones? ¿Por qué no pude abandonar cinco minutos antes? ¿Por qué me entretuve tanto con la llamada? Ahora me lamentaría, por saber que la última llamada que mi padre recibiría a cerca de mí, sería para hacerle saber que estaba muerta, que habían fallado en protegerme y yo en sobrevivir.

Los gritos exteriores callaron los míos internos. Sentí cómo me giraban, mis ojos se prensaron con más fuerza, preguntándome si debía fingir una muerte para que me dejaran descansar en paz, pero… ¿de qué servía aparentarla cuando lo estaría de verdad en los próximos minutos? Si hacia un esfuerzo más en ocultar la respiración, probablemente la perdería sin más y no sería capaz de recuperarla. Esas leves inspiraciones eran las que me mantenían viva, por mínimas y débiles que fueran. Supe que me decían algo, pero lo ignoré al enfocarme totalmente en el dolor de mi carne, y no en él. La vida se me estaba desbandando entre los dedos como un hilo delgado y frágil al que ya no podía sostenerme más. Me levantaron, o eso creí, pero ya no estaba segura de nada. Por una vez sentí que no estaba mal que aquellos brazos me acogieran, porque estaba segura que me llevaba lejos de aquel mar de destrucción, que era mi único respaldo, el único cobijo y protección que podría albergar en medio de ese lugar, pero extrañamente, sentía que no iba a solicitar más, que se trataba de justamente lo que necesitaba. Se sentía como un consuelo cálido, como una nana antes de dormir…pero conocía que el calor corporal no emanaba más de mí, pues mis extremidades debían estar frías, ¿entonces de quién? ¿el otro cuerpo?

“¿Cierto Julietta? No llegamos hasta aquí para que te murieras.”, “¿Cierto Julietta? No llegamos hasta aquí para que te murieras.”, “¿Cierto Julietta? No llegamos hasta aquí para que te murieras.”, “Hoy estás de suerte bonita”, “De acuerdo estás viva ¿Escúchame? Estarás bien ¿De acuerdo? No te voy a dejar morir”, “¿Cierto Julietta? No llegamos hasta aquí para que te murieras.”, “¿Qué paso? ¡Romeo estás sangrando! ¿Qué paso? “,“La quiero viva”, “Tú y yo nos vamos”, “Qué paso? ¡Romeo estás sangrando! ¿Qué paso? “ ¿Morir? ¿No lo había hecho ya? La cabeza me daba vueltas y me ensordecía escuchar todos aquellos diálogos, uno tras otro…no sabía donde los había escuchado, pero estaban dentro de mí, repitiéndose como una vieja grabadora descompuesta. Traté de moverme, pero mi cuerpo repentinamente me abandonó cuando pensé que más lo necesitaba. Viejas imágenes estaban repitiéndose frente a mí, mi fiesta de cumpleaños número seis …cuando accidentalmente tiré aquel florero tan importante para mi madre, un viejo sabueso que solía vivir con mi abuelo en Florencia, la ocasión en la que me había escondido bajo el colchón mientras asesinaban a mi madre, el primer chico al que besé. Después la pistola dispararse y las memorias rompiéndose en una explosión de sangre, mi padre abofeteándome con la fuerza que me había robado el aliento después de mentirle. Aquello parecía un rápido repaso de mi vida hasta esos momentos, cuando repentinamente observé a aquellos sujetos que cruelmente sacudían a la mujer de cabellos castaños y yo intentaba correr hacía ella, pero era imposible, porque mis pies estaban sepultados. Sentía dolor cada vez que percibía en cuántos sentidos la estaban mancillando, impotencia. Entonces me percaté de algo, la mujer era yo, me vi a mi misma siendo testigo de mi propia muerte. Y si todo aquello era verdad, ¿en qué fase estaría ahora? ¿Llegando a un oasis? ¿Consiguiendo mi propio nirvana? ¿Siendo juzgada por mis pecados? Suponía que debía ser la razón del por qué me seguía sintiendo tan pesada. Abrí los ojos de golpe, devolviéndome a la realidad. Alguien hacía movimientos cerca de mi hombro, haciéndome respingar de vez en cuando, aunque yo con la mirada difuminada, no pude distinguir nada más, ni siquiera el rostro ajeno. Sin querer, volví a quedarme dormida y a retornar a mi tártaro personal de pesadillas.

¿Pero por qué lo permitía? ¿Por qué dejaba que me tocaran? ¡Aquellos no podían ser buenas personas! ¡Él lo había dicho, me mataría en cuanto perdiera mi propósito! Reaccioné de estacazo, como si la adrenalina acudiera a porciones completas a mi cerebro y en un ataque arranqué una de las agujas que perforaba por la sección de mi antebrazo. La luz lastimó mis ojos al abrirlos y comencé a respirar como si fuera la primera vez que lo hacía, como si estuviese necesitada de oxigeno. Me encontré totalmente sola en la habitación, pero el recelo llegó a mí…seguramente pronto vendrían a hacer cumplir lo que me prometieron. Repentinamente el dolor que sentía en todo el cuerpo pareció desaparecer con todos los arrestos súbitos de adrenalina y ganas de sobrevivir. Alcancé a notar un jarrón a mi izquierda, en el buró y lo rompí intencionalmente al estrellarlo. Tomé uno de los gajos puntiagudos de cerámica, el único que quedó a mi disposición. Mis ojos se empañaron pero me negué a reconocerlo y decidí ignorarlo por el momento, tenía la determinación de salir viva, y de terminar muerta, al menos no les sería de utilidad en ningún momento.

Me recosté nuevamente, fingiendo dormir y apreté el pedazo de cerámica en mi puño vendado, escondiendo ambos brazos bajo las sabanas, aunque listos para ensartárselo al primero que buscara tener contacto conmigo. Y si no funcionaba matarlo, entonces yo me mataría, ¿de verdad creían que tendrían una puta de a gratis más que les gritara para satisfacerlos? Romeo, era el único nombre del que tenía registro en mi cabeza, él debía ser el primero en morir.
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