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Mensaje por Odile Macchiavello el Vie Feb 07, 2014 6:52 am

Balnearios de Baden-Baden∟ 1:31 P.M ∟ Privado/Johann
I don't hate you. I'm just not necessarily excited about your existence.

Asentada en la que consistía la campiña de la Selva Negra; en sus laderas, se encontraba Baden-Baden, como quiera que se le viese, una especie de edén o bien, un empíreo que hasta esos momentos no había tenido el placer de conocer sino por simple capricho de mi familia. Encauzada  y mejor dicho, encarrilada por las explicaciones vagas de Odette, se decía, el emperador romano Caracalla, de la dinastía de los Severos, solía frecuentar el lugar.

Técnicamente, estábamos en medio de un asueto y como había de esperarse, habíamos viajado hasta aquel nirvana (al menos para mí, ya inapetente del soporífero ambiente en Rumania, lo era).  Empero, descubrí un guarecido desazón cuando la idea de Austria se galanteaba entre vigilia, dentro de mi cabeza. Había destapado un creciente disgusto hacia ella, llegando a detestar las lluvias invernales que en otro tiempo, había dilecto.  Y en términos genéricos, estaba  abominando de lo que alguna vez me había prendado, en una tan caústica como poca grata manera. Pero en aquella Austria, no había encontrado algo novicio desde la última vez, algo que, radicalmente cambiase mi añejo gusto, y si me otorgaban la concesión de reconstruir lozanas evocaciones, era precisa y justamente como la rememoraba, y como la había retratado antes de tomar el último tren a Rumania. Como había sabido describirla mil y un veces, o dibujado en mi acentuada imaginación. Las imágenes, acechaban frescas en mis recuerdos.

Pero había ese soplo indiferente, que bramaba mi desacierto. La corriente de aire que sabía, no era en realidad aire, una brisa fría que su germen no debía a la algidez de temperatura en Viena. Era ese ambiente flemático e insensible que no había conocido la primera ocasión. O todo era parte de mí, y la frigidez estaba muy dentro, en mi abúlica forma de caminar y mi distante forma de ver a aquella Viena, ya intratable y lacónica; una especie de hielo que con su calima ofrecía algo más decente que el sofoco.

Me repetí, en un estribillo quizá mal formulado, que estar en aquel sitio blandía y empinaba la mención a malas reminiscencias, malas experiencias, malas alusiones que se tornaban en un fantasma matusalén, que gustaba de perseguir y entonces, en su mejor momento porque era un cretino de buenas a primera, mencionar mi ridícula intervención. Y, a mi pesar, no me condonaba tampoco. En aquel lugar había decidido, por aflicción que me causara, confesarme  de la forma, si era posible, más cursi, ñoña y melindrosa que había encontrado. Si repasaba las palabras que según yo en esos momentos, había escogido esmeradamente para la carta, entonces ahora mismo estaría dándome de golpes contra algún sólido. Ya era demasiado malo que me decidiese a hablar de mis sentimientos, siendo alguien tan introvertida…y especialmente hacia él, un displicente, opulento y discrepante (de mi persona) príncipe, que si podía dejarme en una peor posición, estaba comprometido con mi hermosa y…¿cómo llamarla de forma de abultar el ego de mi familia? “Superior” hermanastra. Y el segundo aspecto que voceaba un “Soy una, tremenda y jodida idiota” era, sin mayor esfuerzo, haber escrito mal la dirección y… ah sí, que algún desconocido la leyera para hundirme más en mi vergüenza y después yo pudiese haberme revolcado con plenitud en mi tumba. Nada de que regodearse, por supuesto.

Hundí, literalmente, el puente de la nariz sobre el libro. Me sentía vulnerable, estropeada. Y cuando tus pensamientos parecen cobrar vida, y el cerebro desobedecerte en insípida forma a dirigirte a los axiomas que más te porfiaban y hostilizaban en esos instantes, ¿qué hablar de la sensibilidad mortificada? Quería tenderme a llorar por mis desgracias.
Ni siquiera la pavorosa y repugnante escritura de Eurípides, que era más engorrosa que legible, era capaz de liberar el aglutinamiento de mi cerebro. Un drama satírico, cuyas descripciones sangrientas dudaba pudiesen rozar lo ético y… el único completo que se había conservado de la antigua Grecia.  En pocas palabras, para resumir bien y establecer ahí mi propia jurisdicción y opinión personal, era un pedazo de excremento y una cachetada a tu padre en época de navidad. Sí, qué feo.

Me levanté sin ánimo del pequeño asiento. No quería leer, tampoco me apetecía mojarme, en pocas palabras, no sabía qué hacía ahí y ni siquiera por qué debía traer un bañador debajo del jumper. Encendí el reproductor de música, mientras comenzaba a caminar. Me enfoqué en elegir el Liszt Bolero de Ravel, cegándome por completo en la pequeña pantalla, cuando una pequeña preocupación se cernió sobre mí...lo más seguro es que la humedad ahí adentro afectara  al dispositivo, ¿no debía simplemente limitar su uso? Me entremetí tanto en ello, en la cuestión, que jamás fijé la mirada al frente y mucho menos me percaté cuando me impacté contra algo... alguien, el golpe me abandonó en una constante turbación, que hacía mudo al resto. Di un remarcado tropezón sin más y al verme a punto de caer hacia el agua, y con la indisposición a ello, había tomado a un desconocido de simple oportunidad, y lo había jalado conmigo, pensando que podría sostenerme y así salvarme del agua segura.

La realidad es que, ambos habíamos terminado, sin mucho remedio, en la piscina, o eso pensé, supuse a nulo conocimiento certero. Al momento de caer, no pensé nada más y tampoco reparé en detalles que le brindasen más información a mi sistema, que me dijesen algo más del exterior. Por unos segundos sentí irme hasta el fondo y en unos segundos, aun con el pasmo, intacto sobre mi mueca, había flotado hasta la superficie.

Cuando alcé la cabeza para tomar oxígeno, me encontré con una cabellera rubia, que al final, no era tan desconocida como hubiese querido que lo fuera. Había arrastrado conmigo a Johann, eso sólo traía más chascos.
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Mensaje por Johann Pascal Vogel el Sáb Feb 08, 2014 2:19 am

Furia. Muy probablemente era eso lo que recorría mi ser en el momento. “¡Maldita sea! ¡¿Por qué siempre deben hacerme lo mismo?!”, repetía en mi cabeza una y otra vez. Seguro, no era la primera vez que un complot de ése tipo se hacía en contra mía. No, señor. Si mi memoria de pez dorado no me estaba jugando una broma, ésta era ya la quinta vez que sucedía. ¡No podía creer que Rapunzel seguía yéndose de su lado! El lado de ése tipo. Yo ya había tenido suficiente con las anteriores pero, ¡¿una vez más?! ¡¿Estás hablando enserio?! Sí, mis ojos no me fallaban y cada fibra de mi ser estaba seguro de que… Me habían timado. Y de paso, el ladrón se había llevado a mi ángel consigo. Lo cual, me cabreaba aún más que el hecho que me dejaran con un cinco, dos gaseosas y un jugo de naranja.

¡¿Es que cómo diantres he caído de nuevo?! Ah, sí. Haciendo memoria, vino a mí la imagen de mi preciosa y brillante Rapunzel, que, aprovechándose del poder que ejercía sobre mi persona, me había dado a conocer que tanta agua a su alrededor, le había provocado sed. ¡Joder! ¡¿Cómo pude creer algo así?! Más bien, de seguro había sido la forma tan convincente y adorable de decirlo lo que me engañó. En mi defensa, su farsa y sus dotes de actuación, tanto de ella como de Eugene, habían mejorado considerablemente con el paso del tiempo. ¡Se veía a morir! ¡Como… como si no hubiese probado una mísera gota de bebida en años! Era la viva imagen de un explorador que se convirtió en náufrago en una isla rodeada de aguas venenosas, ¡en su octavo día de sobrevivencia! Y, por si fuera poco, con una enorme escasez de cocos. ¡Así era como se veía ella! Por supuesto, eso no le había arrebatado su eterna belleza pues, de todas maneras, lucía radiante. Más resplandeciente que el sol mismo.

¡Oh, Señor! Si algún día te pedí paciencia para con aquél individuo, olvídalo. Borra eso, que sólo me traerás más pruebas… Y es que, ¿por qué ella no puede quedarse cerca de mí? Habíamos venido a tan bonito lugar para disfrutar y, tal vez, “hacer las paces” pero la visita se ha arruinado ya. ¡No duramos ni cuarenta minutos juntos! Suspiré, y me di cuenta que nada ganaría si me quedaba meditando en los hechos de la media hora que pasó. Heché un vistazo a mi reloj a prueba de agua, 1:33pm. Tenía toda la tarde por delante para disfrutar del escenario y todo lo que me ofrecía con los brazos abiertos, además, estaba seguro que el día no podría ir peor, bajo ninguna circunstancia. “Bien, ya que estás aquí…”, me dije a mí mismo y una vez dispuesto a dejar todo de lado comencé a caminar lentamente en dirección contraria, bebidas acunadas con ambos brazos, hacia una mesa libre que se encontraba cerca.

Cuando menos lo esperé, una persona aún más torpe que yo me había tomado del brazo y, de una forma más veloz que el aleteo de un colibrí, ¡me había llevado consigo al fondo de la piscina! Y yo que albergaba la esperanza de que mi día se tornara poco a poco mejor… Eso era lo que rondaba mi mente al tiempo que me impulsaba hacia arriba, en mi mejor intento de recobrar el aliento y controlar mi respiración.

Una vez con una parte de mi torso fuera, me apresuré a buscar en el fondo las bebidas que eran lo único que me quedaba, junto con las prendas empapadas que estaba portando, sin preocuparme en buscar a la persona que había provocado tal desgracia.

Debo admitir que me impresioné al notar la rapidez con la que recogí las gaseosas agitadas y el jugo de naranja intacto. Pero mi sorpresa causada por aquélla acción se esfumó tan pronto como llegó cuando divisé, cerca de mí, a un rostro conocido con el cabello hecho una maraña y escurriendo. ¡Parecía que la había lamido un burro! La excéntrica… Odile.

¿Lo has disfrutado, cierto? —espeté con el mejor tono intimidante que hubiese salido de mí, en la vida. —…pequeña lamida por un burro, Odile. —agregué, claramente irritado.




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Mensaje por Odile Macchiavello el Sáb Feb 22, 2014 7:30 am

Apreté los puños, inconscientemente colocándome en una posición de automática desavenencia. El tipo de padecimiento que hubiese surgido sin siquiera habernos encontrado en este tipo de coyunturas; exactamente, el tipo de hostilidad que hubiese manado por saber que, como el gato huraño que protege y custodia celosamente su metro cuadrado, él estaría cruzando el mío sin demasiados reparos. Supuse, producto del mal augurio que había tenido desde que siquiera había llenado mis pulmones por primera vez en este mundo, Johann ya había traspasado todas las barreras existentes y por existir; éstas ya se encontraban sesgadas,  hendidas y ahora,  cuando apenas había recaído verdaderamente en la cuenta de los hechos,  había advertido que jamás había puesto un tragaluz al norte para él, sino que, de alguna forma que recalcaba mi nulidad mental, Johann había engarzado todo como una especie de tromba,  cuyos daños eran evaluados apenas después  de la borrasca; hacerlo antes, habría ahogado a cualquier desgraciado en medio de la avería.

Para mi infortunio, tampoco sabía cómo echarlo de vuelta al exterior. El rubio, sin mayor esfuerzo que el de existir, coronaba, como una minúscula cereza el pequeño pastel de mis desgracias.  No me agradaba, era palmario; tangible, incluso para aquel con retraso mental, una desviada percepción y en general, con la posesión de los sentidos más raídos. Afortunadamente, no creía alguien estuviese prestándonos la suficiente atención en esos momentos.

— ¿Pequeña lamida por un burro? —, arqueé una ceja. Medio sonreí, con una extensa burla, ante su intento de… ¿insulto, mofa? ¿Qué había sido aquello exactamente? ¿Otra prueba más de su “inteligencia”? Negué con la cabeza, creía ya tener suficientes…pero Johann de verdad se esforzaba en superar sus auténticos niveles de bobería, ocasión tras ocasión. Algo verdaderamente…admirable.  —¿Tú…acabas de decir, “pequeña lamida por un burro”? ¿Así, sin más? ¿Eso es lo mejor con lo que has podido salir? — solté con incredulidad, el mohín (si se le podía llamar así) estaba repleto de escepticismo. Lo único que escarnecía, era lo absurdo de su diálogo en sí, ¿alguna vez lo había lamido un burro? Aún así, no quería ni reconocer cómo debía de verme en esos momentos, como para haber levantado la “ingeniosa” y “elocuente” capacidad adjetiva y epíteta de Vogel.

Lo miré fijamente, al principio con el ceño fruncido. Pero, sin resistirme mucho más, exploté en risas. —Mira cuán lo he disfrutado—, paré unos segundos para sostenerme el estómago con gracia y después continuar con el jolgorio — Remojado te ves poco mejor que la rata anoréxica que mi tía cree tener como mascota —, me acerqué, simulando estar observándolo mejor y extendí mi mano hasta uno de los mechones mojados que surcaban por su frente y lo eché para atrás, con una  fortuita brusquedad.
—A alguien le falta grasita, ¿eh? “Pequeño escuálido con pinta de chucho” Me encogí de hombros antes de suspirar audiblemente, me giré, dándole la espalda y me limité a verlo por el rabillo del ojo escasas veces antes de dirigir la visión a repartidas zonas de la piscina y mover inútilmente el dúctil líquido con las palmas, como si la acción mágicamente fuese a hacer surgir al dispositivo electrónico de entre las profundidades. Era indudable que aquella situación había terminado con mi bebé, mi inocente iPod.
Dejé salir pequeños quejidos de tristeza, en lo que parecía un próximo berrinche, mas los lamentos pararon simplemente ahí. Me volví con aspereza nuevamente hacia Pascal, con un solitario pensamiento en la cabeza — ¿Tú tenías que recibir esa carta, cierto? — Murmuré con mala cara, antes de que un fingido tono de dramatismo invadiera tanto mi expresión como mi tono de voz.

—Ahora, por ello, soy un patético ser que se hundirá en su vergüenza para la eternidad. No trates de salvarme, ¡adiós, mundo cruel! — Apagué la diversión en mi boca con una bien actuada mueca, apuntando a emotividad y un fácil acoplamiento de labios que en su proceso disimularon las risas que estaban a punto de brotar. —Una mujer cuyo amor no correspondido sale a la luz a manera tan ridícula, no debería tener ganas de vivir, del todo. Ahora, me ahogaré, y todo será tu culpa. Adiós, cabeza de estopa— Y me sumergí de vuelta allá adentro, una sonrisa adornaba y todo parecía ser tan sosegado que abrumaba, y los sonidos se volvían difusos y era todo una calma ensordecedora.

Con un poco de suerte, en unos segundos volvería a la superficie para hallarme completamente sola. Con un poco de suerte, volvería a abrir los ojos y Pascal ya se habría marchado, sin decir nada, sin mayor trastoque, se marcharía simplemente.


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