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We are all mortal until the first kiss.— Robin

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We are all mortal until the first kiss.— Robin

Mensaje por Marianne Loxely el Sáb Feb 08, 2014 12:33 am

Platicar de mi futuro sabiendo que iba a ser la esposa perfecta no sonaba totalmente descabellado pero seguía sin entenderlo ¿Qué más se suponía que debíamos planear? ¿Los hijos? ¿El vestido? ¿La casa? No amaba la idea de todo aquello, ni siquiera anhelaba que pasara y verdaderamente prefería que todo fuera una mala broma de mis padres pero en cuanto la alarma inundó mi habitación con ese sonido tan horrendo supe que nada de las advertencias de toda la semana eran ciertas. Me quedé boca abajo en la cama hasta que mi madre llegó a quitar las cobijas un poco menos delicado de lo que en verdad yo hubiera deseado. — ¿Puedo tener un momento a solas? —logré sentarme en la cama, los ojos de mi madre estaban llenos de reprimenda e incluso antes de que algo saliera de su boca ya sabía su respuesta; me enoje internamente pero no hice nada. —Sabes que no Marianne y ya es tarde, apresúrate o vamos a perder la reservación— ¿Perder la reservación? ¡Que ilógico! Cuando era niña jamás me hubiera atrevido a cuestionar lo que decía mi madre, pero esa época eran cuando yo jugaba al té y tenía muchas muñecas en lugar de amigas ahora sabía que no podíamos perder ninguna reservación porque faltaban casi cuatro horas para que eso pasara, de igual forma ya estaba en camino a la ducha. Tardé más de lo que debía solo porque quería molestar un poco a mis padres, supe que lo había logrado cuando mi papá puso en el reproductor de música a André Rieu, ahora solo tenía que lograr acabar sin que terminara poniendo a Beethoven pues su mal humor no se quitaría durante toda la comida.

Cumplí mi cometido, ni siquiera llegó a escuchar a Mozart cuando salí por la puerta de mi habitación. —Ya estoy lista, deberíamos irnos ya ¿Qué tal si nos quitan la mesa?—fue un comentario malicioso pero que tendría represalias; mi madre me jaló por el brazo enterrado sus dedos, me quejé varias veces  hasta intenté huir por la puerta. —No seas insolente mocosa—la miré sorprendida. —No lo soy, suéltame madre—lo hizo pero con la misma agresividad con la que me había tomado. —Yo voy en mi auto si no les molesta—miré a mi padre quién negó con el semblante serio. Tomé las llaves y baje antes de que empezara con una plática sobre que debería tener una buena actitud. El viaje sola me sirvió para prepararme, estaba feliz por los momentos brindados a solas. Al llegar al lugar esperé a mis padres en la entrada del restaurante y mientras admiraba la que parecía una decoración infinitamente bien seleccionada una persona parecida a Robinson captó mi mirada, sentí enojo y me giré, él no podía estar ahí pues le había dejado muy en claro que no quería verlo en mi vida por mentiroso, justamente en esos momentos lo odiaba y odiaba a veces creer verlo. — ¿Pasamos ya? —mi padre delicadamente me guio hasta la mesa reservada en donde no se hicieron esperar las buenas bebidas peor ni eso me había quitado el sabor de boca. — Ya sabes que no venimos a probar aquí el salmón ¿Verdad? —mis ojos bailaron unos momentos por el vitral que daba a la calle antes de concentrarme. Negué con la cabeza. —Marianne tienes que prestar atención pues tú eres nuestro futuro, cuando te cases deberás tener un hijo lo más pronto posible—sentí que el jugo de uva se me revolvía en el estómago. —Nuestra situación económica no está bien y solo un hijo aseguraría tu futuro y el nuestro ¿Si nos escuchaste? —Y claro que lo había hecho pero para cuando intentaron devolverme a mi concentración ya me habían perdido.

Un hijo con ese hombre era una situación que no me imaginaba ni un momento, me parecía lejana como una película que por muy bien que sonará el titulo por alguna lo demás no me hacía sentir feliz. —Necesito un momento para…para… con permiso, voy a tomar aire—dejé la servilleta de tela finamente bordada sobre la mesa para salir no corriendo porque me fue imposible pero más bien tambaleándome a la bonita recepción. Un elegante sillón fue lo que me sirvió como apoyo, me dejé caer conforme mi mente empezaba a hacer lo mismo, ya me daba cuenta que no había forma de escapar de eso, que las historias en donde uno elige a quien querer eran solo eso, a mí no me tocaba elegir nada. Las lágrimas corrieron rápidamente sobre mis mejillas, probé la sal y sentí que me ahogaba pero no dejaba de llorar, simplemente me dejé llevar porque era lo único que me quedaba por hacer, aparte obvio de olvidarme de Robin…— ¡Te odio! Ojalá jamás te hubieras aparecido—estaba furiosa y en el acto aventé el bolso lo más lejos que pude. Si solo me quedaba aceptar por lo menos podía desquitarme con lo primero que tuviera enfrente.
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Re: We are all mortal until the first kiss.— Robin

Mensaje por Robinson Hörts el Lun Feb 10, 2014 10:09 pm

¡Ah, vamos Sam! ¿Cómo eres tan desordenado?—me quejé en voz alta, aún estando sólo en la habitación.
Me incliné para recoger todas las cosas que dejó esparcidas sobre mi cama y el suelo, las organicé y comencé a guardarlas en su debido sitio, ya tendría en mente jamás volver a permitirle buscar entre mis cosas por su cuenta, algo que me haya pedido. Resoplé sintiendo un pequeño dolor en mi espalda, dejando que mis manos recorrieran la cubierta de un libro peculiar. Lo recordaba, lo había conseguido en una venta de garaje de un anciano que ya había fallecido, no había título, ni autor, más bien era algo bien casero, donde tenía partes recortadas de otros libros -que tampoco sabía identificar- pegadas sobre las páginas, entonces se creaba una nueva historia. Abrí una página al azar, me concentré en el silencio de mi habitación y leí con lentitud; "si la amas, no vas a dejar que ella arruine su vida contigo". La presión en mi pecho se hizo presente y lancé el libro hasta el otro extremo de la habitación.
¡Te crees muy listo! ¿eh?
¿Con quién hablas?—y me sobresalté proporcionándole un golpe al dueño de la voz—¡Auch!—era mi fiel amigo Little Sam
¡Pues el idiota eres tú! ¿Por que llegas y entras y me interrumpes cuando estoy... algo... ocupado?
¿Hablando solo?
Recogiendo el desorden que armaste, sin ningún problema. Ahora, vete.
¿Vendrá la princesa? ¿A qué hora? ¿Traerá esas cosas deliciosas que conocimos gracias a ella? ¿Cómo eran... cop, cupcakes?
¡Error! ¡Lástima por ti! Ahora, adiós...—lo empujé hasta que pude quedarme sólo en mi habitación. Respirando agitado con un montón de recuerdos rosados y algo violetas que venían a mi cabeza con la palabra "princesa"... ahora mismo odiaba a todas las princesas Disney o como sea, todas me recordaban que existía alguna vez una Lady Marianne, una que se apoyaba tímidamente sobre mi pecho, la que hacía que actuara como torpe y que durmiera con una estúpida sonrisa en los labios.

Pues, lamentablemente para ella, no era mi estilo quedarme pensando en un mujer con la mirada perdida y el corazón desbocado. Más bien, saldría. Buscaría alguna distracción, algún bar, una librería o algo parecido. Me vestí y salí totalmente relajado, con una bolsita de galletas de avena y manzana para el camino. Me dejé llevar por mis pies, tropezando con un grupo familiar, típicos adinerados, y de la diversión los seguí hasta su destino. Antes estuve mirando la entrada principal y entre las ventanas me dediqué a analizar los detalles del recinto. Era un lugar muy caro, no un lugar cómodo, de hecho sería un perfecto desastre si Little Sam y yo comiéramos por aquí.
Reí internamente con la escena en mi cabeza y desplacé mi campo visual hasta algo parecido a una sala de estar, o una recepción. Podría haberla identificado a millones de kilómetros de distancia. Tan sólo saber que estaba ahí, fue motivo suficiente para que entrara hasta quedar mirando su espalda. Escuché su frase maquillada de odio y con una risa alcancé a recibir su bolso entre mis manos, recibiendo un leve golpe en mi pecho.

¡Vaya! eso dolió... hasta parecía que estaba siendo dirigido hacia mi persona—lo abracé y la miré retomando la seriedad habitual—pero, tomando en cuenta que seguramente tu futuro marido debe andar por aquí, y es mucho más detestable que yo, de seguro el "¡Te odio!" era para él. Y te entiendo, también querría eliminarlo de mi vida, conociéndolo.

Bastó un segundo para que volviera a encantarme con su mirada. Ella no sabía el poder que ejercía sobre mí, y esperaba que jamás se enterara.

ropa.:


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Re: We are all mortal until the first kiss.— Robin

Mensaje por Marianne Loxely el Dom Feb 16, 2014 5:03 am

Me paralicé en cuanto escuche su voz, no, no podía ser él, de ninguna forma, estaba segura que era una broma de mi subconsciente que aún gritaba por él. Me giré y era real, estaba ahí. Su presencia me molestó demasiado, justo cuando estaba dispuesta a olvidarlo se aparecía. — ¿Qué haces aquí? —miré alrededor preocupada que de pronto alguien me viera y se pusieran a hablar o mucho peor…que alguno de mis padres saliera, eso sería peor que cualquier chismoso. — ¡Largo! No puedes estar aquí, vete o voy a llamar a seguridad—No iba a llamar a seguridad, en primera por que confiaba en que Robinson era lo suficientemente listo para irse por su cuenta y la segunda era…que obviamente no quería un espectáculo. — ¿Qué esperas? ¿No querrás ir a la cárcel por eso verdad Robinson? —me acerqué tanto a él como para poder quitar mi bolso de sus manos, lo jalé varias veces haciendo que cayeran algunas cosas al piso, entre ellas una llavero con una foto mía y de mi prometido, mamá me había obligado a ponerla para que todos supieran que no podían acercárseme pues ya pertenecía a alguien más. Apenas me di el tiempo para ver ese llavero pues me apresuré a levantar todo el desorden; ya no sabía a quién odiaba más, al tipo que se decía mi prometido o a Robin. —Mira esto…—me sequé lo que quedaba de mis lágrimas. —Y para tu información Robinson no lo quiero eliminar de mi vida, de hecho jamás había sido tan fácil con alguien estoy contentísima por mi matrimonio, y la única persona detestable que yo veo aquí eres tú—busqué mi celular en la bolsa, no estaba de humor para nada, ni para continuar con el desayuno.

Marqué el número de mi padre que contestó al segundo ring. — ¿Papá? Soy yo, estoy en el auto, realmente no me siento bien—tome aire y comencé a caminar fuera del lugar. —Sí, no creo poder desayunar, estoy…me siento enferma, lo siento, regresaré a la casa, perdón—no me quedé a escuchar lo que tenía que decirme puesto que colgué enseguida. —Y tu Hörts si no quieres problemas no te vuelvas a acercar a mí, ni siquiera a un metro— ¿Por qué estaba actuando de esa forma? ¿Por mamá? ¿Por papá? ¿Por él? ¿Por mí? Por él, claro, era por él porque ya se me había amenazado de mi actitud extraña, de mis “malos modales”, hasta de mis repentinas faltas a la escuela de Psicología y tenía mucho miedo d que pudiera hacer algo en contra de Robin porque si podían y no estaría muriendo de la preocupación de haber sido verdad todo aquello, que era un buen hombre y no un ladrón, aunque según él justificado pero lo era y odiaba que lo fuera porque lo ponía en peligro, entonces si él estaba en peligro yo no paraba de sufrir más eso él no lo entendía.

No tomé el auto, lo dejaría ahí y luego regresaría por él, solo quería caminar y pensar las cosas, tal vez y con suerte me llevaran al extranjero en donde la distancia borrara el rostro de Robin de mi mente. Sonaba perfecto.  Caminé con paso seguro hasta llegar a una pequeña tienda, entré y compré un cigarrillo, no fumaba, de hecho odiaba fumar pero ese momento era merecedor de aquello. Di una calada, después, otra y otra; el sabor a menta me hartó enseguida. Apagué el cigarro y de inmediato lo tiré. Una mirada me hizo girar. — ¿No te cansas acaso? ¿Qué miras? —parecía que no estaba hablando en el mismo idioma que él, estaba frustrada de todas las formas en las que podía estarlo. Me solté a llorar de nuevo, estaba demasiado afectada por las noticias de mí ya planeado embarazo. — ¿Qué quieres? Si te vas a burlar hazlo ya, no sabes el tiempo que me tardaré en desaparecer el rastro del llanto de mis ojos pero no te importa ¿Cierto? Soy irritante pero más importante que eso, soy como todas las personas a la que les robas, a las que odias… soy rica o bueno—me reí—…lo seré después de que me case y tengas hijos para ese entonces voy a ser aún más detestable por lo cual no será difícil robarnos. —me encogí de hombros enfrentando lo que sería.



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Re: We are all mortal until the first kiss.— Robin

Mensaje por Robinson Hörts el Jue Feb 27, 2014 7:37 pm

Delinee una sonrisa instantánea cuando en la espera de su rostro, pude denotar el ceño fruncido y la expresión típica que tenía cuando estaba molesta. Con el tiempo, pasábamos tantos momentos juntos que terminé por memorizar cada rasgo en su piel, la forma de su boca, sus ojos... casi podía oír sus improperios interiores por verme. —¿Ahora sucede que no puedo pasear tranquilamente por donde se me antoje?—ciertamente, no puedo negarlo estaba tan asustado como ella. Podrían echarme a patadas, si ella gritara para que los guardias me expulsaran y eso significaría una profunda herida en mi ego.—¡La policía! Hace tiempo que vengo escapando de ella, soy un profesional, dear Marianne—susurré al final. Jugaba con fuego, lo sabía. Sólo se me hacía exquisitamente ameno hacerla enojar y desbocar sus esquemas. —¡Ah!—me reí sutilmente intentado forcejear para que no me quitara el bolso—¿con que la señorita está siendo irónica?, pero ya que lo preguntas... —no alcancé a terminar la idea, pues me había detenido a mirar en cómo me quitaba su bolso y sentí el ruido de sus cosas caer sobre el piso. Instintivamente, quizá hasta por alguna manía, me detuve a inclinar la cabeza e identificar sus habituales cosas... aunque un llavero llamó mi atención, éste se abrió y pude ver en él la fotografía de ambos. Una oleada extraña, de manera salvaje se apoderó de mi pecho y tensé cada músculo de mi cuerpo, casi sin querer—supongo que preferiría irme a la cárcel por matar, en ese caso—solté algo enfadado, hice lo posible por mostrarme sereno, pero ella parecía demasiado interesada en hacer morir por celos al no poder tenerla conmigo.

Me limité a esconder mis manos en mis bolsillos, mirando el rastro de lágrimas, la piel humedecida bajo sus ojos. Fingí otra vez mi estado de autosuficiencia, aunque a ciencia cierta era que me costó seguir avanzando cuando ya me enteré que ella no quería formar parte de mi mundo (a veces me parecía que creer eso era demasiado egoísta, en ese caso, suelo pensarlo al revés, que ella no me quiere integrar a su mundo). Asentí, queriendo creer que todo eran un par de frases creadas como una manera de hacerme salir rápido de su vista. Aunque quería golpear un par de floreros caros que se veían por el lugar, me limité a imaginarme en el acto para desechar toda la rabia contenida.

La seguí con mi mirada, en todo momento. La vi marcar, la vi voltearse, la vi ignorarme, la vi fruncir ligeramente su ceño, la vi respirar y hablar con su papá. Escuché, porque la curiosidad siempre se apoderaba de mí. Y sin poder retenerlo, solté una pequeña carcajada.—Está muy mal mentir, Lady Marianne, eso está mal. ¿Qué diría su prometido si supiera que le está mintiendo antes de casarse?... dígale a su padre la verdad, que está conmigo—murmuré, posicionando mi mano en su cintura y apoyando mi mentón en su hombro, así podría ella escucharme con mayor nitidez y yo no estaría tan alejado de su oído.
Sin embargo con la fascinante capacidad que tenía para esconder sus sentimientos cuando se enojaba, la señorita Marianne, se alejó de mí para caminar hacia afuera. No me apresuré, caminé tan lentamente como para dejarle en claro que no estaba desesperado ni nada menos. Algo de actuación, mi especialidad. —¡Vamos, Marianne! Sabes perfectamente que lo que más me encanta son los problemas—me excusé divertido, gritándolo tan fuerte como para que los pocos transeúntes voltearan a mirar a ambos.

La seguí sin duda. Pero a una distancia totalmente razonable, como para que creyera incluso que no estaba intentando estar pendiente de su estado y cuidando que no fuera a hacer ninguna locura. Había leído muchas veces en cómo las personas lograban hacer estúpidas cosas que lamentan luego, sólo por estar sumidos en una fuerte presión social. Marianne, parecía demasiado cohibida del mundo exterior que necesitaba dejar de intentar ser perfecta y ser ella misma. Pero ella no parecía querer ese cambio.
Me detuve a comprar un café express, algo rápido para disimular y al mismo tiempo seguirla con la vista. Pagué con las pocas monedas que había juntado ese día, luego del taller. Tragué un poco y seguí caminando tras ella, hasta verla fumar un cigarrillo en un pequeño local. Fue un momento totalmente sorpresivo. Lo primero que procesó mi mente fue que se veía discretamente sexy fumando. Sacudí la cabeza y luego recurrí a todos los perjuicios que contraía fumar (aunque yo lo hiciera, era yo. Pero ella no podía darse el lujo de acabar con su vida). Estuve un instante mudo, más me sorprendí cuando me dirigió la palabra. Me tomé algunos segundo para componerme—... ¿hace cuánto exactamente que fumas? ¿También te lo impusieron como un modal para que tu marido pueda aceptarte? pues deliran si es así. —me quejé un poco—no soy quién para decirte que debes hacer, lo sé... lo sé. Pero si alguna vez me concedieras un sólo favor, sería ese; que no acabes con tu vida de ninguna manera, por favor.—cerré los ojos, mirando el suelo cuando la oí llorar—por favor, Marianne. No llores, ¿quieres?, cuando lo haces sólo alimentas mi puño con ganas de querer partirle la cara al infeliz que tienes por prometido. —interiormente me sentía débil cuando lloraba y más cuando ella daba por asumido que sería capaz de robarle, cuando ciertamente no podía hacer sufrir, quitarle lo que le pertenecía a la mujer que componía todo lo valioso que tenía y había alcanzado a tener.


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