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Each meeting occurs at the precise moment for which it was meant. Usually, when it will have the greatest impact on our lives. —Privado.

Mensaje por Anastasia N. Románova el Dom Feb 09, 2014 11:53 pm

f l a s h b a c k

Rusia || Diez años atrás



—¡Anastasia, Olga, salgan ya! —Mis ojos se paseaban inquietamente de un lugar a otro sobre la gruesa tela de aquellas largas cortinas en el salón principal. Los pasos de María eran demasiado fuertes como para ignorarles y eso, me permitía saber dónde se encontraba con cierta certeza. Nadie me ganaba cuando de jugar al escondite se trataba, al fin y al cabo, aunque viviéramos ahí, el palacio poseía medidas que a mi corta edad, parecían infinitas. ¡Podía adoptar a un gigante y mantenerle oculto con tanta facilidad!—. ¡Sé dónde están! —insistió. Buena táctica hermanita, pero no lo suficiente—. ¡Olga, te vi ya! —escuché un agudo grito que sin duda, a ésta segunda pertenecía y al instante, rápidos pasos que simulaban algún tipo de persecución amenizado con cordiales y alegres risas.

En medio de aquella confusión, aproveché para salir de mi escondite y escabullirme por ahí y por allá. El hecho de cambiar de posición en más de una ocasión, mantenía la emoción a flor de piel, casi juraba que estaba temblando. Abrí con cuidado la pesada puerta y la cerré con sigilo, un paso en falso, el más mínimo ruido y todo, terminaría por arruinarse—. ¿Anastasia? —con aquella interrogante, me sobresalté y giré en mi eje apoyándome sobre el frío marco—. Madre —susurré, un poco aliviada—, me asustaste —añadí, pudiendo ahora respirar un tanto más tranquila, pero la guardia, no era bajada. Una suave risa por su parte se vio añadida, poseía aquella gracia evidente que a más de uno, hacía sonreír por el mero hecho de verle feliz—. Lo siento… pero es que entraste de una manera tan sospechosa —recalcó y una de sus cejas se vio sublimemente arqueada—, pero bueno, no importa ya. Por cierto, ¿dónde están tus hermanas? Sus deberes les esperan, ya han tenido suficiente tiempo libre por el día de hoy, además, deben prepararse para la celebración de esta noche —abrí mi boca… ¡y en verdad iba a decirle la verdad! Pero los deberes no me apetecían por ahora—. Justo las estaba buscando… estábamos jugando al escondite y me toca encontrarles —mentí—. Oh, comprendo —señaló—, en ese caso, apúrate y encuéntralas, ¿está bien? Las estaré esperando —sin mencionar nada más, asentí repetidas veces, una tras otra hasta que mi madre, salió. En ese momento, respiré.. sin querer había estado conteniendo el poco aire que había acumulado en mis pulmones y el hecho de exhalar e inhalar nuevamente, representó un alivio. Pero ahora debí ocultarme de mamá, María y Olga. Suspiré.

La serie de puertas que conectaban una habitación con otra -u otras- podrían representar un laberinto que a más de una persona, lograba confundir, pero en este caso, solo ayudaban a que todo, se volviese más divertido. Contrario al camino que mi madre tomó, abrí otra de las bien decoradas y pesadas puertas, saqué mi rostro y como si de un dibujo animado se tratara, miré a todos lados con bastante rapidez—. No hay moros en la costa, repito, no hay moros en la costa. Cambio. Psss. —imité la función de un radio, hablándole a mi puño cerrado y salí. El gran pasillo ahora asumía el papel de una pista de carreras en donde la ganadora, sería yo—. Anastasia logra dejar atrás a la competidora de Estados Unidos, un último impulso y la más joven corredora de los doscientos metros planos, se llevará el oro. Está cerca, lo está y… ¡cruza la meta! El público enloquece, la joven Románova ha hecho añicos a sus contrincantes —una pequeña y casi silenciosa celebración entre susurros, con los muebles como testigos, se dio en el lugar. Pero no había más tiempo por perder, tenía que volverme a ocultar.

La sala de música sería la ahora elegida. No existían muchos lugares para ocultarse, pero me gustaba la vista que se lograba obtener desde el enorme ventanal de aquella habitación, además, si alguien venía, siempre podía recurrir a los enormes borbotones de tela que se hallaban a los costados. En aquel momento, olvidé enteramente las preocupaciones que un simple juego, traía a mi vida, me dediqué única y exclusivamente a mirar por la ventana, embelesada por el magnífico espectáculo que podía disfrutar desde la comodidad y la calidez de aquel olvidado espacio. Y por mucho que deseara pasarme la tarde entera ahí, no podía, sabía que no debía y estaba decidida a marcharme, pero el movimiento del cerrojo en la puerta, me alertó. ¿Qué hice? ¡Fácil! Aquello que tenía planeado desde un principio, esconderme.

Me vi sumergida en el silencio total a excepción de las pisadas de aquel intruso o intrusa, aun no sabía muy bien de quién se trataba, pero podía comenzar a descartar a mi madre, ella hubiera entrado inmediatamente preguntando por mi… o por mis hermanas. ¿Se trataría de María? No, ella igual es muy ruidosa… Olga, tal vez. Con cuidado y procurando no mover demasiado lo que me mantenía oculta de la mirada ajena, asomé mi rostro.  La delgada silueta de un chico, fue lo que observé y entonces comencé a preguntarme, indagar en mi memoria si es que le conocía, de quién se trataba, pero me rendí. Dejándome guiar plenamente por mi curiosidad, salí, sin hacer aun nada de ruido y aprovechando que se encontraba de espaldas—. ¡BUUU! —grité, saltando hacía él con la esperanza de poder asustarle aunque sea un poco, un inocente juego de niños no le viene mal a nadie.





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Re: Each meeting occurs at the precise moment for which it was meant. Usually, when it will have the greatest impact on our lives. —Privado.

Mensaje por Dimitri Tchaikovsky el Dom Feb 16, 2014 8:58 am

Por lo que sabía, al menos hasta esos momentos; enmudeciendo detrás de las puertas por las que se llegaban a escuchar franquezas férreas y habanas, ese tipo de conversaciones  monótonas, rutinarias por sí solas e  irrelevantes en su insipidez, Tatiana era la penúltima hija de las de menor edad a mayor. Ni siquiera se trataba de la más grande, e incluso a Olga, la hermana que había sido dada a luz primero, se le veía solazarse por ahí con el resto de sus hermanas entre hilaridad infantil y risas pueriles a mitad de los lustrosos salones imperiales, ¿pero Tatiana? Era absolutamente y sin tener que recurrir a una infamia insidia, un raro portento. Y sin intrincadas palabras, un fenómeno. Al menos a mí me lo parecía con sus peculiares formas de comportarse. Estaba sentada sobre un sofá estilo jacobino; la burguesía estaba incluso en el mueble, con el lujo y el poder cómo símbolos. Pintaba silenciosamente a carboncillo al Yorkshire Terrier que los Románova tenían como mascota. Se le veía concentrada mientras movía con aparente habilidad el palillo cilíndrico de carbón de brezorozo.

Dejé hundir la nariz sobre el cojín que descansaba en mis piernas. Me había llamado para cepillar al perro, pero apenas me había dejado tocarlo. Desconocía apenas para que me tenía ahí, en realidad. Había pretendido irme, pero tampoco me había dejado. Y hablar, pero me había dado un reproche, alegando que no la dejaba ensimismarse en la tarea. Entonces me había quedado ahí simplemente, haciendo lo que mejor sabía: respirar y existir. Tampoco quería quejarme, era mejor que estar limpiando copas en la cocina…básicamente ese era mi trabajo, por tener manos pequeñas.

— ¿Ves que lo haces parecer más feo de lo que es? Tus sombras son tan exageradas que haces que luzca como si estuviera a punto de morir, ¡y es apenas un cachorro! Mira su cara, ¡está a punto de morir de depresión! — La mirada asesina de la duquesa hizo una pirueta hacia mí. No debía, y estaba estrictamente prohibido para mí, pero…me gustaba molestar a las niñas. Tatiana era una de la alta alcurnia, pero una niña al fin y al cabo.

—¿Te enojaste? ¡Con esa cara, hasta Anastasia se ve más bonita que tú!—  Arrugó el ceño y por error dejó una monstruosa mancha con atisbos de hulla, y cuando recayó en la cuenta, trató de enmendarlo con pesadumbre, y por supuesto lo empeoró. Lloriqueó un quejido ahogado y me lanzó un cojín, el cual ávidamente evadí. El canino saltó de la silla en medio de la algarabía. Y Tatiana, con su nula locomoción, al tratar de alcanzarme, tiró un enorme jarrón que yacía sobre su costado. El estampido hizo un fragor bullicio y provocó que se amedrentara. Aproveché la instancia para correr lejos y escabullirme por la pesada puerta. Tatiana me seguía metros atrás. Sin embargo, antes de que ésta fuese a mitad del pasillo, ya había avanzado terreno y su madre a ella la había interceptado. A saber para qué cosa. Lo único que alcancé a escuchar era "resto de tus hermanas" y "hacer deberes", me aburrí al instante.

Aproveché para, con sosiego, caminar e ir a donde me correspondía, la cocina. Sin embargo… ¿qué camino se supone que debía tomar? Plegué el puente de la nariz y opté por dejarme guiar torpemente por mi derogada orientación espacial, ¿por qué aquel lugar tenía que ser tan majestuosamente grande? ¿Necesitaban tanto para vivir? Afortunadamente yo no, y si no, sabía que estaría pasando el resto de mi vida gruñendo por perderme entre los infinitos pasadizos del palacio. El único motivo por el que podrían agradarme tales dimensiones era porque eran tan colosales que seguramente podrías meter millones y millones de hurones ahí. Yo amaba y adoraba los hurones; en el instituto era miembro oficial del club del hurón, era genial.
Abrí una de las puertas al azar, quizá alguna de ellas pudiera darme pista de dónde me encontraba. Me topé con la sala de música, o eso supuse al verla repleta de instrumentos de todo tipo, el saxofón, violín… ¡incluso tenían un piano! Sabía que las duquesas recibían una rigurosa educación en los idiomas, como el alemán, francés e inglés y otras materias como geografía y danza… ¿era así con el arpa y el resto de utensilios ahí? Relajé mis hombros mientras pasaba los aniñados dedos sobre las piezas del piano, induciendo a una serie de sonidos poco simétricos entre sí o cadenciosos y gratos al escucha.  No sabía cómo tocarlo, así que me limitaba a hacer sonidos.

Paré frente al coloso ventanal. Todo era visible desde ahí. Era una afable primavera, podía incluso decirse era todo un edén; A lo lejos se veían viñedos y, alrededor de la finca, algunos campos iluminados.Estaban recién sesgados; también los rosales estaban perfectamente alineados y los pájaros, pinzones purpúreos,  parecían graznar sobre las setas. Al fondo se distinguían dos grandes robles entre los que discurría un camino de piedras blancas que se perdía detrás de la suave loma.
Retrocedí unos cuantos pasos, al un peso extra topar contra mí y no estar siquiera precavido o consciente del mundo. Abrí los ojos con sobresalto, me había asustado, cierto, pero no había alcanzado a emitir sonido alguno. Rápidamente busqué al culpable, topándome con una cabellera pelirroja; aquello que, literalmente, brincaba hacia la vista. Por un instante pensé que se trataba de Tatiana degustando de su venganza.

—¿Y tú qué? A ti te saldrá un tercer ojo por andar de "graciosa", eso dice la maldición.— Dije sin pegas, examinándola, —¿No deberías estar haciendo tus deberes? Espera a que vaya y les diga a todos en dónde estás en realidad — Fingí darme la vuelta para ello, con una gran sonrisa de burla. Pero antes de terminar la acción, ágilmente me moví hasta detrás de ella, jalando con facilidad el moño que adornaba su cabello, despeinándola en el proceso.
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Re: Each meeting occurs at the precise moment for which it was meant. Usually, when it will have the greatest impact on our lives. —Privado.

Mensaje por Anastasia N. Románova el Sáb Feb 22, 2014 1:47 am

¿No había un grito… ni siquiera uno pequeño? Me decepcioné y resoplé notoriamente realizando una mueca casi al instante, lo único que logré fue que retrocediera unos cuantos pasos, ¿¡qué clase de reacción inhumana es esa!? Estaba acostumbrada a las exageradas emociones a flor de piel cada que lo intentaba con mis hermanas… ¡incluso con mi madre! No importaba la edad, todas actuaban como si hubiesen visto al fantasma más horrendo que la imaginación humana puede llegar a crear, aunque mi esmero en asustarlas, fuera casi imperceptible, aunque, tal vez y solo como una pequeña e inocente suposición era porque se trataba de mujeres y bueno, es bien sabido que el dramatizar, casi no se nos facilidad, ¡Qué va! Otra posibilidad es que, así podrían llegar a estar sus conciencias, me lo imagino ya, pero ese, no era momento como para pensar algo así… ¡Enfócate Anastasia!

—Se supone que tendrías que haber gritado siquiera un poco… todo pierde la gracia si solo permaneces ahí, parado, sin hacer nada —le reclamé—, ¿estás seguro de ser humano? —pregunté con cierto enojo fallido que no lograría asustar ni al más pequeño de los infantes, ¿qué puedo decir? Resulta casi imposible el hecho de molestarse por algo tan trivial como esto—. Y a ti te crecerá la nariz como a Pinocho… ¡por mentiroso! —respondí ante la supuesta maldición. Un tercer ojo… curioso, ¿cómo sería vivir con algo así.. los tres ojos llorarían? Supongo que sí, oh, oh, oh y seguro cuando tuviera edad, mamá me dejaría maquillarle también pero, ¿qué haría con las pestañas postizas? Hasta donde sé, las venden por par así que… ¿debería comprar dos pares? ¡O mejor tres pares y así, tendría para dos ocasiones! Soy una genio—, además, sumado a tu fea cara… no habrá peor maldición que esa —añadí y crucé mis brazos, mirándole con cierta superioridad, sin embargo, ésta misma desapareció por completo cuando amenazó con decirle a todos dónde me hallaba—, ¡d-diles!  De todos modos, tengo permiso de mi madre —mentí—, las únicas que deben hacer deberes son las demás, no yo —y me atreví a rematar.

En ese momento, me giré y le di la espalda, esperando que en cualquier momento, el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose, allanara en la habitación. ¿Sería buena idea dejarle ir únicamente así, sin más… o, qué tal si le noqueaba? No, eso creo que sería demasiado y repito, por algo que simplemente, no valía la pena. Tal vez lo más sensato que podría hacer en ese momento, sería salir corriendo y llegar hasta mi madre ant… ¡Ouch! Volví en sí y abandoné mis pensamientos, así como todas las posibles posibilidades que tenía frente a mí. Giré sobre mi eje y observé con sorpresa cómo mi moño yacía en el suelo—, ¡me dolió! —le grité, evidentemente exagerando, no me gustaba hacer demasiado espectáculo pero… me convenía parecer una clase de víctima—. Ahora espera a que yo le diga a todos —enfaticé la última palabra—, cómo me has tratado —amenacé, comenzando a caminar hasta la puerta y al pasar al lado de él, no pude evitar abalanzarme sobre el pequeño y derribarle en el acto.

¿Me había pasado? Tal vez había sido demasiado y el hecho de tenerlo con las narices dando al suelo era un exceso evidente—, de una vez te aviso que no me moveré de aquí hasta que me pidas disculpas —y es que aunque no pesara una tonelada, me creía capaz de mantenerle ahí, conmigo sobre su espalda—, un; lo siento, Anastasia, será más que suficiente —apunté—, así que… estoy esperando —y con ayuda de mi lengua y paladar, comencé a imitar el sonido de un reloj, segundo a segundo—. El tiempo está corriendo —interrumpí mi perfecta imitación para ejercer ¿presión? O algo así—, ¿no piensas hacerlo? —una vez pasados segundos más, me desesperé y volví a resoplar—, ¡en verdad eres muy aburrido! —repetí, inclinándome para tomar los extremos de sus orejas y así, jalarles—, discúlpate, discúlpate, discúlpate —exigí con un  aire más que infantil, como si el mero hecho de torturarle de una manera tan sutil fuese suficiente no obstante, me vi obligada a parar una vez que una familiar voz, se escuchó en el pasillo.

—Es mi madre —comenté, asustada— , rápido, ponte de pie —y contrario a todos los malos tratos que quería poner en práctica con él, le ayudé a pararse, le tomé de la mano y le traje conmigo hasta ocultarnos detrás de una de las cortinas— , si haces cualquier ruido y por tu culpa nos descubren… juro que te muerdo —susurré— , ahora, cállate —terminé, guardando absoluto silencio por mi parte y esperando que en cualquier momento, la puerta se abriera.

—¿Señorita Anastasia? —error, no se trataba de mi madre, era mi tutora, la misma que se encargaba de impartir gran parte de mis materias—, ¿se encuentra aquí? —preguntó una vez más y yo en verdad esperaba qu cuanto antes, abandonara el lugar, ¿no podía siquiera tener media hora más de libertad? No era mucho pedir. Respiré en silencio, girando suavemente mi rostro para mirar a aquel chico que se hallaba conmigo y rogar aunque fuese con la mirada que no hiciera nada estúpido en aquel momento.





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Re: Each meeting occurs at the precise moment for which it was meant. Usually, when it will have the greatest impact on our lives. —Privado.

Mensaje por Dimitri Tchaikovsky el Dom Feb 23, 2014 9:10 am

— ¿Dices gritar? ¿Soy una niña o algo así? Sólo las niñas suelen hacerlo ante cosas tan taradas — Y eso, automáticamente la hacia ella una retrasada, ¡pues claro! Aún no superaba mi misógina animadversión y asco hacia las mujeres, aunque mi madre decía que era algo escalonado, y más materia de crecer que esperar por ello… que los niños, naturalmente eran así desde el inicio, ¿y me hablaba a mí de “crecer”? ¿Quería que lo hiciera más? ¿Y luego qué? ¿Serviría de semáforo en cada avenida, tendría que agacharme para no tocar el techo o robaría focos, o incluso sería un limpiador  de alumbrado público, un palo de coco o qué tal una vara de tumbar gatos? Las opciones eran tan infinitas que atosigaban a una certera manera…pero… ¡Si en el instituto ya hasta me llamaban “lombriz parada”! Habían dejado el de “Longaniza” y el de "Salchichón de mercado" o el de “Fosforito” y hasta el de “Besa palomas” porque los había golpeado pero, aún así…
Entonces retorné hacia la enana, con un visaje profesando pensamiento —Pues…no me llaman precisamente así, pero sí, soy humano. O eso se supone, oye… ¡espera! estás insultándome justamente tú, pequeña salchicha coctelera no-humana? — Oh, Dimitri, buena esa. «pequeña salchicha coctelera», ¿por qué no se me había ocurrido antes? Pasar tanto tiempo con Tatiana me mataba la inventiva elocuencia y la retórica, cómo no.

— El cuento de Pinocho es más falso que el color de tu cabello, ¡es color menstruación! — Mi madre me había hablado de ello, y aunque lo había tomado como parte de…la cultura general,… ¡qué aversión! ¿Sabría ella que sangraría por cinco días sin morirse? Como el diablo, las mujeres debían ser lo más cercano a Satanás. El sólo hecho de verlo así me causaba grima. Abiertamente había renegado y recriminado a mi madre, diciéndole que a mi esposa, en esos días, la mandaría a dormir al patio con una pequeña cubeta donde depositara toda su… uhm…pintura roja…

Y me había lanzado un zapato, literalmente. Mas, con fortuna, podía decir que tenía una mala…no, pésima puntería. Hubiese deseado que le atinara, así, hubiese terminado más inconsciente que un muerto, y entonces no haber tenido que escuchar su semejante filípica atestada de reproche. Después, siguió el sermón de ya tener diez años y más tarde, llamarme tan inmaduro como uno de cinco.
— ¿Cuál fea cara? Cinco niñas en esta semana me han dicho que les parezco “lindo”, y todas las mañanas mi madre me llama “guapo” —Aunque a una le había tirado un hurón y, de la otra no podía decir mucho, había salido corriendo yo tan sólo unos segundos próximos a prestarle oídos a tan sobrecogedor y truculento comentario de su parte. — Oh…y si dividimos al número de niñas entre los días hábiles de escuela, eso lo hace una por día, ese es un buen promedio, ¿no crees? — Tal vez me estaba desviando…—De cualquier forma, ¿sabes lo que me ha contado mamá? Que a las niñas en realidad les gustan los niños que ellas molestan e insult- —, me interrumpí antes de llevarme las manos al rostro, con horror —¡Ave maría purísima, por los perfectos hurones y resto de mustélidos! ¡Te gusto, Anastasia, te gusto… menudo asco! ¡Aléjate de mí, en algunos años sangrarás y querrás casarte conmigo y entonces tendré que buscarte una cubeta! — Bien. Probablemente estaba un poco perturbado ahí, sólo un poco, ¿cierto? Al menos, lo suficiente como para dejar de prestar atención a la pelirroja en sí, en lo que decía y apenas para regresar al mundo cuando… en realidad, ella me había hecho regresar de un derrumbamiento, que me hizo dar de bruces contra el suelo.

Si perdía la maldita nariz, la iba a dejar tan calva como un…un…micrófono, ¿un micrófono? Bueno, mi símil se había percudido ligeramente en medio de la caída. Todo daba vueltas a mi alrededor y apenas podía enfocar la visión en un punto en específico. Además sentía una res encima, y temía moverme por el mismo recelo a que me hiciese quebrarme como un spaghetti.
—No voy a disculparme — Respondí a secas, tajantemente, ¿quién le debía pedir disculpas a quién? — ¿Hola? Sí, acá abajo, ¿debo recordarte que, quién la que me abatió como si fuese una especie de jugadora de futbol americano o en todo caso, una vaca hambrienta y gorda, fuiste tú? — ¿Creía que iba a ganarme? ¡Pues no! NO, NO Y NO, primero muerto. Iba a volver a negarme audiblemente, cuando sentí que me jalaba las orejas: —Ah, ah, ¡suéltame, me duele, me duele…Anastasia, lo siento, lo siento mucho! ¡Perdóname! — ¿Volatilidad, dónde? ¡Quién podría culparme! Mi posición con diafanidad había cambiado, yo estaba abajo y ella arriba, y a mí me iban a arrancar las orejas, una salvaje de primera, mi integridad corría peligro. Después seguro se pondría a jugar con ellas, como lo hacían los gatos con su comida.

Cuando repentinamente paró, agradecí a los cielos. No tanto cuando escuché el «es mi madre », pero al menos conservaría las orejas, ¿quién podría quitarme aquel placer? No alcancé a reaccionar medianamente rápido cuando me había tendido la mano para pararme y entonces, jalarme hacia detrás de alguna de las cuantiosas cortinas, ¿cuáles? Ni siquiera me percaté de ello. Sólo atendía a ciegas.
—¡Yo te morderé primero! — Atiné a asegurar, con lo que quería parecer una mueca amenazante. Por unos instantes, me enfoqué en la voz ajena. Debía salir rápidamente, para acusarla y que la tomaran como prisionera de guerra…sin embargo, ¿con ello no estaba comprometiéndome a mí también? Es decir, me encontraba ahí, escapando también a mis deberes…no por completa voluntad inicialmente pero, había perdido más del tiempo necesario. Me denunciaría a mí mismo, e imputaría culpas que no quería. Me limité a dejar pasar unos segundos, en los que sentía que sudaba frío. No relajé mis hombros hasta escuchar los taconazos alejarse, detenerse por una milésima de momento, y entonces volver a caminar, hasta la puerta escucharse emparejada, como siendo cerrada.

Salí de nuestro escondite, y la señalé con un dedo, — No te delaté, me debes una. Una muy grande, exijo algo en recompensa — expresé con harta seriedad.
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Re: Each meeting occurs at the precise moment for which it was meant. Usually, when it will have the greatest impact on our lives. —Privado.

Mensaje por Anastasia N. Románova el Dom Feb 23, 2014 3:12 pm

Le dediqué una última fulminante mirada y escuché con agrado, el silencio absoluto en la habitación. Salí de aquel lugar y respiré tranquila, nuevamente asumiendo aquella posición de ataque—, ¿por qué debería darte algo a cambio? —exigí saber—, ¡me has llamado salchicha coctelera, gigantón! —le recordé, resoplando un tanto como si de un toro se tratara… aunque él me había llamado vaca—, pero bueno, debo recordarte que Napoleón mencionó que la inteligencia, se mide de la cabeza hacía el cielo, en dicho caso… ¡sufres de retraso! Menuda existencia la tuya, feo, mentiroso y además de todo, ¡subnormal! —uno a uno, mis dedos fueron irguiéndose, ayudándome a contabilizar—, me lamentaría bastante por aquella pobre mujer que termine siendo tu esposa. Tendría que haber hecho algo muy malo como para terminar con alguien como tú —finalicé.

—Además… si tu madre te dice guapo, no cuenta. Lamento informarte, seguramente se lo dice a ella misma como consuelo —añadí, cruzando mis brazos sobre mi pecho—, y las niñas imaginarias, tampoco aplican en este tipo de casos, bobo —en esta ocasión, me acerqué a él y posé mis manos a los costados de sus mejillas, presionando éstas como si fueran de plastilina y cedieran al más mínimo toque. Después, me detuve, pero no aparté mis manos sino que, éstas comenzaron a moverse, haciendo que la cabeza de Dimitri, se moviera de adelante hacía atrás—, reacciona Dimitri… ¡reacciona, reacciona, reacciona! —y lo repetí… el movimiento. Una dos, tres veces más… ¿le podría arrancar la cabeza si continuaba así? Con lo exagerado que era, no me sorprendería que argumentara algo parecido, así que, antes de hacerle llorar, le solté y me di la media vuelta.

—Oh, por cierto —me giré, de nuevo mirándole a la par que mis manos se elevaban hacía mi cabello para nuevamente peinarle—, acepto tus disculpas —inquirí con una tenue sonrisa, ¿por qué eso me parecía gracioso? Ah ya, tal vez por el hecho de que, minutos antes había asegurado no gritar con cualquier cosa ya que eso era de niñas taradas y después, lo hizo sin más—, pero jamás vuelvas a mentir diciendo que me gustas —espeté, un poco más alto y enseguida cayendo en cuenta que alguien podría haberme escuchado, por ello, moví mi cabeza con rapidez hacía la puerta, esperando alguna respuesta pero nada. Me tranquilicé y volví hacía él—, antes debería faltarme un par de tornillos y como ya te recordé, el subnormal en esta habitación, eres tú —grazné—, ahora, debería irme ya —comencé, preparándome mentalmente para la infinidad de deberes que seguro, me estarían esperando. Si tenía suerte, les acabaría ese mismo día, pero como ya era costumbre, casi todos se extendían hasta el día siguiente, siendo sumados los que correspondían para la siguiente lección. ¡No era justo en lo absoluto!


Terminé de acomodar mi moño en su lugar y di paso a la serie de avances hasta la puerta—, tú deberías hacer lo mismo —sugerí, comenzando a abrir la enorme puerta por la que había entrado—, sino, te meterás en problemas… pero allá tú —sentencié—, en fin, adiós gigantón —me despedí con suavidad, sonriendo y así, saliendo del lugar para cerrar la puerta tras de mí y echar a correr hacía mi habitación, escuchando los pequeños pasos resonar por los deshabitados pasillos hasta que la alfombra, les atenuó. En otro momento, continuaría molestando a Dimitri.

f l a s h b a c k – e n d



...

Las frondosas costuras iban y venían pecando del uso excesivo de colores, aun así, me parecían llenas de gracia, encanto y sobre todo, buen gusto. Los colores pastel eran aquellos que abundaban, mientras que, colores un tanto más llamativos y recios, eran como pequeños puntos que recién resaltaban entre el mar de encaje y accesorios múltiples.

Dentro del aposento, destacaban las variadas parejas que se desenvolvían con donosura al compás de la música que, con sumo encanto, atiborraba de par en par cada centímetro cuadrado. Mi peregrina vista empleaba una rapidez impresionante y cuando recién analizaba a detalle una escena, ya estaba sobre la siguiente. Pero nada es eterno, todo acaba. Así como existe un inicio, éste conlleva un final y hasta la flor más bella muere poco a poco en un delirio programado tras haber desempeñado su único uso. Servir para los demás y no para sí misma.

Mi visión se distorsionó, falseó y poco a poco, todo se esfumó hasta no quedar más que rastros de miedo. Mi respiración se aceleró y por mucho que deseara que terminara ya, nada pasaba. Las risas se evaporaron. La música, se ausentó. La felicidad, se extinguió.


...





«Nos dijeron que los sueños podrían hacerse realidad,
pero se olvidaron de mencionar que las pesadillas también son sueños.»

Desperté acelerada y con una respiración profunda además de errática. Rápidamente y aun, algo asustada, revisé la habitación de polo a polo hasta asegurarme de que se trataba nuevamente de una pesadilla. Jugarretas de mi imaginación, solo eso. Tomé de un solo movimiento el reloj en la cómoda de mi costado y le revisé. 7:55 A. M. ¿Demasiado temprano pudiendo dormir hasta bien entrada la tarde? Aun así, no estaba segura de poder conciliar el sueño después de eso y sinceramente, prefería no hacerlo.

El reducido espacio del departamento que había conseguido pagar de una manera u otra a base de trabajos bien realizados, me resultaba cada vez más asfixiante pese a lo mucho que en algún momento, había significado tan grande logro. Después de todo, gran parte de los recuerdos que aún conserva mi memoria, eran productos de malas experiencias que debí soportar cuando el hambre se apoderaba de mí y me obligaba a hurtar lo que encontrara, por fortuna, aquellos días habían terminado y podía asegurar que ahora era una ciudadana responsable y nada problemática, valiéndome de pequeños trabajos que iban a venían sin lograr una estabilidad laboral, mas sin embargo, eso era lo de menos siempre y cuando; me pagaran. Además, por un destello de buena suerte, existía la mínima cantidad de esperanza para que toda esta sofocante situación, culminara.

Salí de cama y con un par de movimientos sobre las sábanas, estaba hecha. Me dirigí a la ducha y permití que la tibia –más fría que caliente– agua terminara por socorrer y dar ese último empujón al fallido intento por reaccionar de pies a cabeza y con mis cinco sentidos al día que recién, comenzaba. Habría muchas cosas por hacer. Tras unos minutos, estaba incluso vestida y mi mano se encargaba de mover constantemente los cabellos que caían sobre mi rostro para que se secaran cuanto antes. Así mismo con el continuo ajetreo de mi extremidad,  me dirigí a la cocina. No había mucha variedad, pero al menos podía presumir que había algo para desayunar. Un café y un paquete de galletas que me atreví a degustar con suma tranquilidad, sorbo a sorbo y mordisco a mordisco como si no existiera prisa alguna que me mantuviese preocupada, como si no existiera un compromiso con el cual cumplir… lo había olvidado—. Dimitri —susurré, cerrando los ojos en señal de reproche a mí misma por haber olvidado algo así. Di un último y profundo trago a la taza y me apresuré hasta el baño, cepillé mis dientes, tomé mi bolso con el poco dinero que hasta ese día había reunido y salí del lugar… ¡oh no, estaba por salir! La puerta casi cerraba cuando recordé que había olvidado mis llaves, así que, con facilidades del destino, detuve el cerrar de la vieja pieza de madera y entré nuevamente para recoger lo olvidado.

Crucé un par de calles y me apresuré entre las lagunas de personas que obstaculizaban mi andar—, lo siento… con permiso. Voy a pasar… ¡cuidado! —las aceras estaban repletas y juraba que en más de veinte ocasiones, habían pisado alguno de mis pies, pero no era momento para quejarse ni algo que se le pareciera, tenía una cita que atender, la misma que bien podría cambiar mi futuro, ¡Era lo único que me sacaría del chiquero en el que hasta ese momento vivía! Y más importante aún, era la única oportunidad que se me brindaba de poder poseer un nombre y apellido, averiguar de una vez por todas qué fue de mi pasado, por qué lo olvidé y forjar un futuro mucho más claro, ¿era demasiado pedir?

Acudía nada más y nada menos que al encuentro de aquel que posiblemente, terminaría con el mal intento de vida que tenía. Dimitri Tchaikovsky, un ¿aprovechado? bueno, estaba siendo demasiado mala con él, no obstante, juro que no se alejaba mucho de la realidad. Estaba en busca de quién en algún momento, fue uno de os grandes acontecimientos del país; Anastasia Nikoláyevna Románova. Hasta hoy en día, aun desaparecida y si me lo preguntan a mi, la daría por muerta, pero su abuela se niega a ello y está en una desesperada búsqueda por dar con su nieta perdida que, repito, me parece absurda después de tantos años, pero, no debería hablar más, al fin y al cabo, por eso mismo podré llegar hasta donde siempre he querido, ¿no? París.

Mentalmente calculé que tardé apenas unos quince minutos desde que salí. ¿Serían cuando mucho 9:30? Quería que así fuera. Recorrí con la mirada el lugar, varias siluetas se encontraban ahí pero me era casi imposible no reconocerle— ¡Dimitri! —grité, abriéndome paso por última ocasión y llegar hasta él—, lamento la demora —me disculpé enseguida, capturando aire de más y pretendiendo nivelar mi respiración—, sinceramente, lo olvidé... además no dormí muy bien. Y es que aunque no lo creas, logré levantarme a una hora decente, bastante temprano a decir verdad, pero como dije, no caí en cuenta hasta que era algo... tarde, pero bueno, ya estoy aquí —anuncié lo obvio—, así que cuando quieras, comenzamos —y cierta emoción se vio impresa. Después de todo, en verdad estaba algo ansiosa y aunque fuera adelantarme demasiado, me veía incluso ya de camino a París.





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Anastasia N. Románova
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Re: Each meeting occurs at the precise moment for which it was meant. Usually, when it will have the greatest impact on our lives. —Privado.

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