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Mensaje por Laila Al-Hayek el Sáb Feb 15, 2014 11:19 pm

Llevaba cerca de un mes sin ver a Damien, no sabía si eso me agradaba o que pasaba conmigo. Rusia ya no me gustaba, para mí se volvía cada vez más frío hostil, no podía bailar si él no me lo pedía, no podía salir si no me acompañaban sus hombres, a veces simplemente me limitaba a estar en esa sala que nadie ocupaba y que habían redecorado para mí, graciosamente era lo único bueno que habían hecho por mí en ese lugar. Faltaban tres meses para que yo cumpliera dieciséis cuando me llevaron ahí, comprada y yo que estaba segura siempre me quedaría en Marruecos, ahora cuatro meses después sabía que eso no iba a pasar, estaba atorada en Rusia para siempre; jamás pensé que algunas visitas comunes de Damien a Marruecos acabarían en mi compra pero ya me había acostumbrado a estar a su lado o a no estar, de igual forma terminaba siendo exactamente lo mismo.  Su llegada no me sorprendió, a veces simplemente llegaba me miraba y sabía que estaría rondando por ahí, fue el ruido y alboroto lo que me causó sorpresa del arribo. Sus hombres se gritaban unos a otros, escuché los autos afuera incluso pude alcanzar a comprender que cercarían la residencia pero que antes deberían llamar al doctor pues Damien venía muy mal herido. Dejé lo que estaba haciendo de inmediato y me sumergí dentro del caos dela casa, caminé por todo el lugar hasta que vi como llevaban al hombre de camino a su habitación entre cuatro tipos, no me acerqué más después de ver sangre en un pedazo de tela que antes fuera una camisa.

Seguí la procesión de hombres, esquivaba a los más apurados y choqué con algunos que se detenían a hablar en las escaleras, pasaba muy cerca pero no quería oír, no me iba a gustar. Escuché todo lo que pasaba dentro de la habitación peor no entré pues Damien me lo tenía prohibido, solo entraba cuando él me requería, de ahí en fuera esa habitación era como un santuario en donde solo los merecedores podían ir y venir sin más actos que tocar la puerta. —Laila, guapa ¿Te puedes quedar con él? Necesitamos hacer algo. Te veo después—me encontré con uno de sus hombres mientras espiaba, iba a rezongar que no podía ir adentro cuando todos los demás salieron y el doctor me toco el hombro. — ¿Quién eres? Bueno no importa, el paciente tiene que tomar sus medicinas, tiene un gran umbral del dolor pero esto ayudara a que todo pase más rápido—dejó en mis manos tres frascos de color blanco con etiquetas escritas a máquina, todas llevaban las indicaciones. Me dejó después sin mucha opción más que entrar. El cuarto estaba a media luz pero aún podía distinguir como la mirada del supuesto enfermo me siguió hasta la mesita de noche en donde coloqué los frascos y di un toque a la lámpara con mi dedo anular para aclarar el lugar un poco más. Regresé sobre mis pasos para buscar un cojín no tan mullido como el que ya tenía, lo ayude a acomodarse pero ni le dije nada pues para mí no había nada que decir.

Verlo tendido en esa cama no era algo que me conmoviera pero tampoco me resultaba como algo regocijante, preferiría verlo por horas y no sentir nada. Antes había pensado que Damien cambiaría, con forme pasaran los días o los meses, había guardado la esperanza de que aquello pasaría y me había esforzado tanto para  hacer que me dijera algo, un te quiero al menos pero a veces ni siquiera me besaba. Muchas veces en Marruecos escuchaba las pláticas de las chicas que trabajan en el mismo lugar que yo pero de forma distinta, siempre habían dicho que su primera vez había sido poco especial, algunas porque simplemente trabajan y debían hacerlo, otras porque dijeron que el cuerpo no distinguía de las emociones, así aunque amaras a la persona siempre te sentirías mal; yo no amaba a Damien, no antes, aquella ocasión me sentí mal y se repitió lo mismo todas las veces. Siempre era lo mismo para él, cuando yo empecé a sentir que lo quería algunas veces llegué a disfrutarlo, hasta llegué a pensar que dejaría que me quedara con él en su habitación pero como esa primera ocasión ,después de acabar conmigo, me decía que me fuera, la única vez que me dejó a su lado simplemente yo no existí, se puso a leer un libro y aunque me le quedé viendo esperando una palabra suya esa palabra jamás llegó, simplemente me dormí y cuando desperté de nuevo me corrió no sin antes decir alguno de sus comentarios hirientes. Era un cero a la izquierda tanto en su vida como en su cama, solo existía él en ese mundo. —Ya vengo, voy a preparar la medicina—me llevé uno de los frascos, ya había menos gente en la casa pero la que estaba parecía ajena a que yo deambulara por ahí por lo que una idea loca me cruzó por la cabeza.

No sabía aún porque Damien me odiaba tanto pero después de muchas veces el corazón se cansa y el mío ya estaba en un punto donde por más que se hiciera algo al respecto no volvería hacer el mismo. Lo que había pasado era que a pesar de los anticonceptivos que debía tomar para no embarazarme en una ocasión simplemente pasó algo que nos hizo creer que yo estaba esperando un hijo, me dió miedo en un primer instante pero pensé que de seguro él jamás dañaría a un bebé, error, aquella ocasión cuando descubrió que estaba rara fue lo más violento que lo vi desde que me había llevado con él; no estaba embarazada pero de haberlo estado de seguro el embarazo no se hubiera logrado. Toda esa serie de eventos fue lo que me dijo que él no me quería y que jamás me iba a querer pues como bien había mencionado antes, lo humano lo había perdido hace mucho. Él no podía querer pero lo malo era que yo hasta ahora venía a entenderlo y el amor que sentía ahora era mucho resentimiento, me había quitado todo y me había dejado sin nada. —Cómo te odio—Preparé un servicio de té y coloqué la medicina disuelta como decía el empaque, esperé un poco antes de volver a subir. —Toma, la medicina ya está en el líquido—le pasé la taza. —El doctor te ha subestimado pero yo seguiré instrucciones—me senté en la silla que estaba a un lado de la cama. —Ya sé que no debería estar aquí pero no hay nadie más, todos están ocupados viendo como vengarte o arreglar lo que sea que haya pasado, cuando lleguen me iré así que no te desesperes, me has aguantado por mucho más tiempo—no iba a preguntar qué es lo que le habían hecho, solo quería que se acabara el maldito té, que se muriera para que me devolviera un poco de lo que había perdido cuando lo considere persona.


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Mensaje por Damien Mogilevich el Dom Feb 16, 2014 3:42 am

Hacía dos meses, Scar había dado con mi madre, y había acabado con ella con el más nauseabundo y lacerante método que su intrincada y curva cabeza había formulado, pese a mis diligentes esfuerzos por mantenerla lejos de él, como los hombres de mi padre lo habían hecho varios años atrás con nosotros, mientras era un niño y mi madre, todavía una joven moza, que camelaba con ojos brillantes y engatusaba y atraía, que obstinadamente decidía vivir con una visión quimérica, antes de topar a bruces con la sustantividad que le había dejado el asesinato de mi padre. Scar, se había deshecho de la única mujer que había amado en toda mi vida. Como lo había hecho antes con mi padre y como había pensado hacerlo conmigo. Más que no querer dejar nadie en vida de nuestra calaña, sabía que estaba provocándome. Unas cuantas de mis propiedades al norte de Rusia, habían sido consumidas en las llamas de un fuego ígneo y ahora aquella que me había parido, residía tres metros bajo tierra. No era coincidencia, quería que lo encontrara, y en una ensortijada manera, él estaba buscando encontrarme a mí. Scar era demasiado sinuoso, dejándome pistas de su paradero por meses; sin embargo, las del último mes se habían vuelto insistentes y con un patrón común, intencionalmente. Por un maldito mes completo, había estado cazándolo; empuñando filos y rompiendo quijadas con tal de obtener más información, durmiendo apenas cuatro horas, con una mente agudamente despierta y paranoica, que esperaba algún ataque estratégico y con certeza, sorpresivo. Mas cuando lo tuve finalmente, fue tan súbito que sentí que, la venganza codiciada que por diez años me había hecho entrenar, día y noche, había sido nada o que siquiera, había sido algo. Él tenía cerca de cincuenta hombres y yo estaba vedado totalmente entre ellos, sin nada, más que una glock con contadas municiones.

Todo parecía señalar que, la última vez para lo que movería la lengua, sería en un acorde armonioso a un ultraje insulto, fijado a “Scar, hijo de puta”. Pero en ese instante, jamás me preocupó que moriría…sino de la forma en la que lo haría si dejaba que me tomasen; no me daría un bonito orificio de entrada y salida por la cabeza, sino me humillaría y escupiría antes de mandarme a una inmunda fosa de muerte. En pocas palabras, moriría de una forma poco más indigna de lo que lo había hecho mi padre. A manos del mismo hombre.

De cualquier forma, aquella era una oportunidad. Ganar, vivir, llevándote la cabeza y las entrañas de Scar y algo más o perder, morir y que ya sea contigo hecho gajos con lo que alimenten a los Rottweiler de algún pelotudo. La segunda opción no me seducía, así que definitivamente actuaría por la primera…
¿El resultado? Ambos repletos de oprobios, tanto como Scar como yo, teníamos una bonita conversación mientras ambos perdíamos sangre. Aunque no había sido lo suficientemente cortés  y había terminado con una raja el cuello a la altura de la garganta y por ahí le había sacado la lengua. Mi padre me había enseñado qué se le hacía a las bocas flojas, afortunadamente. Después sólo le había disparado por aburrimiento –y porque no me podía concentrar como para hacer otra cosa más hábil-  y devanado la cabeza para dársela al último de sus hombres y éste divulgase quién era el nuevo rey y dueño.

Cuando todo terminó, apenas pude mostrar atisbo de debilidad, era un indicio de que estaba muriendo. Tenía al menos dos costillas rotas debido al golpe de un largo fierro, la muñeca desviada  y algunos disparos cuando había tratado de acercarme en una primera instancia a Scar, sin antes deshacerme de su guardaespaldas.  Eran únicamente las ganas de verlo morir, la adrenalina, el fulgor del momento, las memorias corroídas y las promesas a sangre las que me habían permitido seguir en pie, como un ánima.  Y apenas ahora sentía las calientes heridas, la sangre que caía a borbotones y dejaba aquel sitio con fragancia a muerte. Todo estallaba en mi cabeza a color carmín.

———————
Cuando volví a despertar, mis heridas ya estaban suturadas. Había estado inconsciente por casi dos días, del agoto mental, según me dijeron. Un higiénico y profiláctico aroma inundaba mis fosas nasales. Todo era albugíneo y jamás me sentí hastiado de tanto blanco. Al siguiente día pude ser transferido, más por capricho mío que porque realmente fuese viable hacerlo. De  todas formas, varios médicos estarían monitoreándome especialmente, a donde fuese.
Como siempre, los hombres eran como gorilas, como un gigante elefante entrando en cacharrería indolente. Aun mientras todo el cuerpo me dolía, no se obtenía un momento no problemático. Suspiré. Ni siquiera estando Scar muerto, podía obtener paz.  Aunque de alguna forma retorcida y vaga, lo comprendía.
Había algunos locos hijos de puta en el mundo que no entendían lo que significaba ser el jefe de la mafia. La familia lo era todo. Era lo único que mi padre nos había metido en la cabeza desde que éramos niños.
Regla número uno: Matas por la familia. Tú mueres por la familia, porque no puedes confiar en nadie más.
Recibí la llamada, y en seguida escuché la queja de Monatelli:—Escúchame, mocoso. Yo sé bromear hasta niveles negros, pero en el momento que te metas con mi dinero, me pensaré que tendremos un problema. ¿Tú fuiste el que llamó a la policía?
Una sonrisa de sátira con roncería se matizó en mis labios. —Claro, y también les dije que averiguaran mis cuentas, imbécil —Ni siquiera el ingenio satírico me paraba al borde de la muerte, haciéndolo enervarse (supuse), lo cual además, me atosigó de gracia. —Parte de mi dinero estaba en esa mercancía, si tú pierdes…yo también. Robarle 35 millones de dólares a los italianos no es cosa que se pueda hacer de la noche a la mañana. Esto pondrá problemas en la frontera.
—¿Y bien Mogilevich, quién fue el boca floja?
—Estoy averiguando.  Y por lo que estoy facturando, no fue una simple boca floja, como lo llamas.
—¿Y quién es?
Quien sea, igual morirá por esta gracia.
—Termina con él. Yo me encargo de los italianos. Y por cierto, recupérate pronto — Le escuché decir con cierto sarcasmo.

La llamada terminó, dejé caer con impaciencia la cabeza sobre la almohada. Sentía el vacío. Ya no había absolutamente nadie poseedor de lazos de sangre directos conmigo. Estaba absolutamente solo. Mi vida había perdido sentido con la muerte de Scar y aquella era una concavidad que consumía. Observé con atención a la mujer que entraba tras el doctor, Nala, como no le gustaba que le llamara. La única que me hacía sentir dichoso, aun poseyéndola de la manera más pedestre y desalmada. Como tal, no era la única mujer que me pertenecía, pero sí la única que verdaderamente quería que lo fuera.  No dije absolutamente nada, estaba cansado. Y una discusión sólo lograría matarme mentalmente en lo posible.
Era como si lo hubiera soñado todo, como si, extrañamente, me hubiera despertado de mal humor. Había algo que me gustaba mucho y algo que sin embargo, desentonaba. Me sentía como cuando te despiertan con un sobresalto: te acuerdas de lo que estabas soñando, pero ya es demasiado tarde. En los sueños todo va como tú quieres, no hay problemas, nadie se molesta o tiene algo que objetar. Los sueños son simples. Necesitaba aquella fuga inesperada de mi realidad. Me lo había impuesto, y lo había conseguido en Laila. Laila era una deserción.

La vi regresar con la medicina, pero había algo que discrepaba en ella. Era su expresión, sus ojos un mar al cual confinarse de por vida,  un ciego e infinito negro, culpabilidad que escruta, soledad, frío, distancia, a una gran latitud. Jamás me había mirado así. Y ahora lo hacía. Laila no lo sabía, pero yo sabía ver a través de las personas, conocía a la gente mejor de lo que la hacían ellos mismos. Tampoco sabía del amor, pero conocía de los bajos deseos que se acunaban en el recóndito más abismal del ser humano, porque yo los había abrazado plenamente.
Y la conocía, a ella también la conocía. Sabía que sentía algo por mí, más allá que el odio y dejando de lado el rencor y el miedo,  ¿qué? No lo sabía, no era empático con otro tipo de sentimientos que no fuesen los ya mencionados anteriormente. Y si, al inicio había instado una brecha entre ambos, era precisamente para no enamorarnos. Los humanos somos, hasta cierto punto, demasiado predecibles. Nosotros no nos acostaríamos una vez, o dos…¿cómo creer que nada surgiría además del eventual sexo?

Anteriormente, cuando había traído a Laila hasta mí, Scar seguía vivo, y si yo lo estaba también, era para vengar a mi familia…no para tener otra. No tenía tiempo.  No podía distraerme pensando en que podría lograr un buen papel de padre, cuando toda mi vida había carecido de uno. Laila podía estar sufriendo ya, pero no sabía el sufrimiento que también le estaba ahorrando yo a ella.
Me reincorporé ligeramente para ver el color de la medicina, algún tono más oscuro que como lo había bebido anteriormente. Sonreí y por un momento dejé el pequeño vaso sobre la mesa de al lado. Le miré y entonces le jalé con brusquedad hasta que terminó más próxima a mí. Deliberadamente una de mis manos fue a parar sobre el puente de su nariz, y descendió hasta su mejilla, donde acaricié con una mirada amarga. Era probablemente, la primera caricia sana que le dedicaba en todo este tiempo.

Te dejé vivir— Musité —, te deje vivir. Como mi padre dejó vivir a mi tío y a otros hombres después de que trataron de asesinarlo, para que años después, lo apuñalaran por la espalda, vetaran a su esposa y realizasen las peores injurias  contra su prosapia— Hablé rápidamente, mientras que el volumen de voz ascendía con cada palabra y entonces la mano se cerraba en un puño fuertemente sobre su cuello.   —Y ahora, como la sucia zorra que pensé que no eras, estás tratando de terminar conmigo mientras estoy convaleciente sobre una cama, sin siquiera habértelo pensado lo suficiente, con una maniobra y táctica nula que me hace pensar que crees que soy un reverendo estúpido. — La solté antes de asfixiarla y la besé a la fuerza. Tras hacerlo, la empujé lejos, —No me insultan tus intenciones de matarme. Me insultan tus intenciones de traición y tu ínfimo modo de. Y esa felonía por parte de mi querida Nala, a la cual ya ni siquiera puedo llamar “pequeña” desde que la hice mía…— Una sonrisa cruel, repleta de sorna, se cruzó por mi rostro —, esa ingratitud, irá reversa para ella. Como debería ser para todos aquellos que cometen deslealtad y alevosía, y muerden la mano que les alimenta — Callé por un par de segundos y extendí hacia ella la taza que había traído a mí —Tómalo todo. Y hazlo rápido, antes de que me impaciente, saque la pistola y te obligue a vertértelo. Muero de curiosidad por saber cuáles serían los estragos de una persona, beberlo.  Muero de curiosidad, por saber el dolor con el que querías que yo muriera. Ese dolor, ahora lo tendrás que tomar por mí — Laila tenía la suerte, estuviese en más de un aspecto encariñado con ella, como para asesinarla de otra peor manera.  —Por cada minuto que vivas después de haber dejado la taza vacía, depositaré una flor sobre tu tumba. Adiós Nala.
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Mensaje por Laila Al-Hayek el Lun Feb 17, 2014 5:19 am

Dejé escapar un suspiro cuando me acercó a él de repente, ya estaba tan acostumbrada a su brusquedad que me hubiera parecido raro que aproximará a su cuerpo de forma delicada. Tanto tiempo y jamás lo hacía, sentía incluso que así debía ser, pero no cuando me tocaba a veces sentía que podía llegar a hacer algo como lo que hacía con los hombres de los que hablaban mientras jugaban cartas, los torturaban, balazos, narices rotas; pero su mano no se detuvo en el tabique de mi nariz, suspiré en un alivio totalmente infantil cuando me acaricio la mejilla, el pajarillo rebelde de mi corazón revoloteo con fiereza ante este acto tan simple, tan poco común en él pero el animal se vio aplastado por el gigante cuando su mano comenzó a encerrarse con fuerza sobre mi cuello, me desesperé y busqué que me soltará . Lo sabía, se había dado cuenta, lamenté todo pero no había una máquina del tiempo que me hiciera recapacitar. —Dam ... —su nombre se quedó atorado en mi garganta pero algunas lágrimas si alcanzaron a salir, tosí cuando me dejó libre pero su beso me quitó el aire, fue agresivo, como una epidemia que arrasa todo y limpia sin dejar rastro o vestigio, me había quitado el alma en ese beso pero no lo sabía. Mi primer beso y él no sabía cuánto había dolido que sus palabras duras acompañaran el contacto. Y de nuevo me recordaba cómo había moldeado mi piel conforme a sus dedos, la sangre que se había calmado ahora me pasaba como río por mis venas, sentí mi palpitar en las yemas de los dedos, estaba segura que reventaría por la furia que me provocaban sus recuerdos, moriría al instante y si él decía que yo era su “querida” Nala yo sabía que nunca fui ninguna de las dos, ni la pequeña ni la querida.

Yo, no…—pensaba explicarme, demandarle que me dejara, que ya no quería rastro de él sobre mí cuando me sorprendió lo rápido que fue su sentencia. Miré la taza sin llegar a creerlo del todo, luego él; así que eso era para él, un desperdicio, una basura, un objeto que se reemplaza pues no hay más valor cuando se ha devorado todo. Úsese y tírese estaba escrito en mi frente. Todo lo que era para él era nada tan fácil de sustituir como de matar al parecer. Mi plan de deshacerme de él se había volteado, pretendía matarme y lo haría de cualquier forma si no tomaba eso. Tomé la taza, el líquido tembló por la inestabilidad de mis manos, cerré los ojos y di el primer trago, era insípido, demasiado amargo pero después de tragar fue sencillo acabar con el resto. Lo tomé todo, lo vacié hasta el fondo, quería ahogarme de eso, seguir bebiendo hasta que me muriera, si solo así me desprendía de él y él se desprendía de mí lo haría, para mi mala suerte no había llevado más de aquello y tendría que esperar que el dolor se fuera en los próximos minutos, 7 meses… ¿Qué más daban unos minutos más? Iría con papá y mamá. Quería irme, al fin me iría de ese lugar. Saboree la proximidad de la libertad dejando la taza en donde estaba su pequeño plato. No me sentía muerta pero de seguro no tardaría en estarlo. Me acomode en la silla. —Una vez preguntaste sobre mi ¿Aún quieres saber? —mis ojos se cerraron para recordar. —Soy mitad rusa, como tú pero jamás llevé el apellido de mi padre porque era peligroso, mi mamá era una prostituta, tal vez de ahí soy la...la zorra que dices que soy y aunque fui un desliz, ambos me querían, papá mandó dinero cuando estábamos muriendonos en la calle—me embelesé con las imágenes que aparecían en mi mente. —Después me llevó con él cuando era muy niña, aquí, a Rusia. —el recuerdo de mi madre desapareció. —Mamá murió no sé de qué y estuve algún tiempo con papá y mi mejor amigo hasta que las cosas se pusieron feas y me regresaron a Marruecos, fueron años así…pero mi papá murió bueno, lo asesinaron cuando cumplí doce—me reí. —Quedé en la calle y después tú me encontraste bailando en ese lugar, mi padre ya no era Sergei Kurshonova… era ese señor quién me vendió contigo, esa es mi historia—tragué saliva esperando hidratar mi garganta que molestaba con un ligero escozor.

Mire el reloj que colgaba en su pared. —Doce minutos, doce minutos significan doce flores ¿Cierto? —ni me había dado cuenta que comenzaba a sentir frío, temblaba y esos pequeños movimientos como descargar en mi cuerpo ya me comenzaban a cansar. Friccioné las manos para sentir calor pero el veneno era tan eficiente que ya ni fuerzas tenía, pestañear era más difíciles y respirar resultaba una experiencia agonizante ¿Quién dijo que morir era fácil? —Me gustan las flores, me gustan los narcisos, en enero se ven totalmente hermosos—abrí y cerré los ojos, una y otra vez, ya nada funcionaba, quería salir de inmediato, quería, necesitaba aire y si no podía tenerlo al menos esperaba dejar de sentir como iba a perdiendo la capacidad de hacer entrar aire. De la poca fuerza que me quedaba logré apoyarme en los brazos de donde me encontraba sentada, al menos aún me funcionaba la fuerza de las rodillas y aunque con nada de seguridad di tres pasos y eso fue todo, no pude avanzar más. Caí al piso llevándome lo que pude conmigo en mi intención por detenerme, el golpe fue seco y dolió mucho pero no tanto como estar perdiendo aire, busqué las sabanas de la cama de Damien y jalé.
Después el silencio se coronó como rey de mi persona. No había frío ni calor, simplemente había mucho del mismo silencio ¿Estaba muerta ya? Lo sabría de estar muerta antes pero era mi primera vez en el cielo, si es que esa oscuridad podía llamarse cielo, tal vez todos los libros se equivocaban y no había nubes que parecían almohadas para recibirnos; y yo que planeaba tomar un pedazo, solo eso me decepcionaba de estar muerta pero podría bailar, bailar y bailar sin que alguien me lo prohibiera.

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo para siempre duerma en paz.


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