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—Sentí una necesidad agónica, toxicomaníaca, de inhalar, hasta reventarme los pulmones, el olor de ella

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—Sentí una necesidad agónica, toxicomaníaca, de inhalar, hasta reventarme los pulmones, el olor de ella

Mensaje por Eric Glücksburg‎ el Sáb Feb 15, 2014 11:49 pm

— A r i e l — 1 0 A . M — U n i v e r s i d a d

Observé, a través del aparador, el tornasol de las plantas de temporada invernal, que resultaban a la vista como una dulce galantería, un grato y sumiso coqueteo; los vistosos colores se refocilaban en la candidez que hacían sentir, cuando el rosa cálido y el verde pálido a variaciones a rayas, contrastaban con el crudo e inclemente frío allá fuera, que tiraba a tonos apáticos, a comparación.  Disimulando impasibilidad, entré y un tintineo resonó, denunciando mi presencia.  Quería salir de ahí lo más rápido que la posibilidad en mis manos me lo permitiese.
¿Puedo ayudarle en algo? — La dependienta se acercó con una gran sonrisa. Me miraba, con aquella bonachona y cortés mueca, expectante. El cabello cenizo y albar de los años, acompañaba a la palidez nívea de su piel y las arrugas eran surcos que desanimaban tan jovial expresión.

Mas a pesar de la atención dada, sólo me quedé parado, petrificado, como congelado y retenido en algún socavón de tiempo que el universo había cimentado para absorberme momentáneamente. Desconocía qué semblante debía tener, seguramente uno ensismado en dimensión abstracta, ausente, pero corpóreo en medio de aquel ordinario local… ¿era así de difícil escoger un ramo por ti mismo? Podía decir, esta era mi primera vez en tan latosa tarea. La cual, por cierto, hubiese podido perfectamente evitar si las flores de The Flower Shop of Doll en el país vienés –las cuales, por supuesto habían sido pedidas en base al rejoneador gusto de mi madre en días anteriores-, hubiesen llegado al penthouse.  Y ahora no sabía si una chica tendría un particular gusto por las Campanas de Irlanda en el verde manzana o el Cosmos café  o la Arvejilla de Cordillera, a la cual Ariel llamaba «Sweetpea» en un tono de voz, y el acento danés, tan melódico como cargante; como de esas niñas que se enamoran y crecen y se desenamoran.

La anciana debió ver la confusión palpitar en mis orbes, que decidió hablar por segunda cuenta: — ¿Tulipanes, tal vez? Es, sin duda alguna, la favorita y consentida de las novias, y con buena razón pues son elegantes y femeninos. Van bien tanto en un ramo minimalista y contemporáneo como un romántico ramo de alcatraces y tulipanes. — Levanté la vista, hasta que ésta de forma inconsciente se posó en el fucsia prendido y los brotes amarillos que se alzaban como pequeños intrusos en su propio hogar.  Y, al lado del contenedor de los tulipanes, estaba el jazmín impecable, fragante, del color de la escarcha, sólo imparcial e inmaculado.

Rosas blancas y jazmín de Madagascar, por favor. —  Porque no era tan impetuosa como« el tulip» y ella era ya, de por sí, con su larga cabellera lo suficientemente llamativa para que en sus brazos encendieran raudamente los tulipanes. Ariel sería el blanco virtuoso en la plétora de pigmentos, la balsámica y la sonrisa etérea y la arena desapegada de Madagascar, con la boca apuntando a una rosa encarnada.

¿Alguna nota, joven?
La escribiré personalmente. — Me asomé  a echar un vistazo entre las tarjetas. Había de conejitos, abejas y cosas azucaradas y diabéticas. Al final, tomé la que consideré la más decente, tenía un par de osos que al principio pensé eran un dúo de perros obesos. A letra alzada, la pequeña tarjeta contenía: —— Desaparécete de mi vida, junto a tu cabello fosforescente que con incandescencia grita  «golpéame», me marea. Gracias. Y “felizloqueseaqueestemoscelebrandoahoramismo”. De nada. ——

Me apresuré a pagar y salir con la recién compra, volviendo a ingresar en el mismo BMW M5 Nighthawk. Ajusté el cinturón de seguridad y entonces comencé a conducir. Faltaban quince minutos antes de las diez de la mañana. Sentí el vibrador del celular, recordatorio que había reservado en el Gerstner Beletage im Palais Todesco y tomé la avenida concurrida, hasta la universidad. La heredera, para variar, de “Way & dream”, cursaría fuera de Dinamarca sus estudios…como lo había hecho la mayoría de su vida, en el extranjero.

No obstante el hecho desquiciante no era aquel, sino que con ello más tarde me arrastraría a mí también a Viena. Y eso era lo que precisamente hacía ahí, yendo directo hacia mi prometida, con la esperanza de que aquellos años fuera del hogar al que estaba ya familiarizado, pasaran rápido, terminara la universidad y… ¿después? Después ambos tendríamos que casarnos y yo tendría que hacerla tan infeliz como ella a mí. No aguardaba muy ávido, a decir verdad.

Aceleré hasta pasar unos carros y escuché a la caja –no tan pequeña y repleta de hoyitos-  gruñir. No la caja, literalmente pero…bueno, lo que residía en su interior. Comenzó a moverse y, sin saber algo más que hacer, en un semáforo decidí atraparla con el cinturón del asiento, ¿qué tal si salía volando por la ventana en una de esas? Lo hubiese destapado pero…después tendría que tomarme la molestia de volver a ponerle la tapa a la caja encima y pues, no.
En algunos quince minutos ya había llegado a mi destino. El ambiente era puramente estudiantil, los edificios se alzaban con majestuosidad, con cellisca en sus puntos más altos; la naturaleza parecía prohibida de crecer en azarosa libertad.  Salí del auto y pasé en medio de algunas algaradas de personas, con la caja abrazada entre mi brazo derecho, y en la otra, los jazmines que parecían más cabizbajos ante las briznas de nieve que tiznaban a todo aquel que no le acompañara en color.
Cuando la vi, entre sus amigas y compinches, el cosmos pareció congelarse para nosotros dos. O eso me pareció. No era nada a lo que recordaba, y no sabía si veía a la palurda y rústica niña de hace unos años o una señorita cosmopolita sacada de alguna de las novelas rosa clásicas de  Emily Brontë. Podía ser ambas desde luego. Cuando menos lo pensé –si es que estaba pensando en esos momentos-,  la barahúnda alrededor de nosotros había empeorado, todos nos veían con sincero huroneo. Los ojos oteadores se claveteaban en la espalda, incomodando, con recelo. Era un bullir constante y yo me sentía como en ridículo nacional, llevándole por primera ocasión flores y un Mastín Tibetano a una chica.  

Di unos cuantos pasos hacia el frente, hasta quedar corto en distancia hacia ella. Si hacia algo en contra de las normas ya prediseñadas, decía algo que no, estaba arruinado para mis padres.
Ariel Wayland, esto es para ti— Musité, con la esperanza de que no me escuchase o que yo me volviese un soplo en el aire, una exigua bruma en el mar como la había hecho la sirenita, en el fatídico final con Hans Christian Andersen. No me convenía ser sincero en tan abierto campo, donde no era yo baladí.Me incliné para susurrar cerca del lóbulo de su oreja, —Vas a salir conmigo, ¿o no?
Ariel, ¿no podías estar ausente de mi vida, como lo habías hecho sencillamente en todos estos años? ¿Vivir feliz, lejos del alcance egoísta de tus padres y de los míos… de mí? Sentía pena por mi vida, pero más por la suya. Suavizar las penas de los otros es olvidar las propias.
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Re: —Sentí una necesidad agónica, toxicomaníaca, de inhalar, hasta reventarme los pulmones, el olor de ella

Mensaje por Ariel Wayland el Mar Feb 18, 2014 5:34 am

Mi cabellera brilló como nunca, cuando al salir del agua marina, se encontró con el sol. A lo lejos sentí los graznidos de las gaviotas e imagine que me saludaban, pues volaban armando figuras geométricas y se animaban con mi risa, la cual se oía por toda la zona. Nadé de espaldas, podía sentir la frescura del agua acariciar mis hombros, mi espalda, mi cintura. Era un deleite y si por mí fuera, toda la vida me la pasaría nadando y jugando con los pequeños animales marinos que me encontraba, mientras investigaba el lugar. Un gritó impidió que siguiera nadando. Se oía similar a mi nombre.—¡Ariel! ¡Ariel!—las olas del océano crecían a medida que la cantidad de gritos aumentaba. La voz era cada vez más intensa, podía oírse mi nombre con claridad. El mar amenazaba con arrastrarme hasta el fondo, temí, me ahogaba, estaba desesperada y...

¡Jovencita! ¿Hasta que hora piensas dormir? —respiré agitada mientras me percataba que había sido un sueño, mezclado con los gritos de Sebhéstien, por intentar despertarme. Levanté las sábanas y corrí con un único calcetín por entre el pasillo hasta encerrarme en la bañera. Me quejé cuando el agua caliente golpeó mi espalda, aún adormilada, observé mi cabellera larga y roja humedecerse con el agua que caía sobre mi pecho. Unos golpes en mi puerta no tardaron el llegar—¡Eh, Wayland! La empresa de tu padre no llegará sola, primero debes convertirte en una buena estudiante. ¡Y no demorarte tanto en la ducha!—sabría que su ironía le permitía sonreír un rato, me quejé internamente por ello y corté el agua sin más.
Para cuando volví, sobre mi cama se encontraban todo lo que necesitaría, la ropa con ese fragante perfume que mamá pidió para que lavaran nuestra ropa femenina, que no tardaba en hacerme recordar mis tiempos de niña entrometida y valiente, tanto como para saltar las jardines, donde estaba el aroma de las flores impregnado en el ambiente, e ir a buscar los balones de football que interrumpían las residencias de los demás vecinos. Ya que era la más delgada, era mi labor ir a buscarla siempre y cuando se fuera tan lejos, hasta casi perderla de vista. Me reí avergonzada y seguí observando detenidamente la opción de prendas planchadas que me dieron el día de hoy. Estuve tentada con un traje completo color rosa pastel, pero el clima no me permitía lucirlo al salir por los alrededores de la universidad. La manera más elegante, sobria, pero sin perder mi sentido por la moda fue; sobre las medias oscuras, un par de botines Chanel, y un vestido ligero que me permitía moverme con más libertad. Faltaba escoger un abrigo, y por la gama de colores, no me fue muy complicado, enamorarme de uno, que sólo ocupé por primera vez, cuando fui invitada a la inauguración de un nuevo centro comercial. Lo sostuve entre mis brazos y caminé con el sonido grave que hacían los pequeños tacones de mis zapatos sobre el piso de nogal. Observé mi discreta mesa de madera, donde descansaba el cuerpo de Seb—¡Eh, eh Sebhástien! ¿descansando en el trabajo?—bromee, haciendo sin querer que se sobresaltara y volviera a su posición adecuada—lo lamento, Wayland—negué y jalé su brazo para que se sentara a desayunar conmigo. La mayoría de las veces accedía sólo porque lo molestaba demasiado con que lo hiciera  y yo terminaba muy molesta cuando se negaba. —sólo juego contigo, sabes que no me gusta que seas un tipo de mayordomo, así no se trata a los amigos.—le acerqué un frasquito con azúcar de amapola y sonreí cuando nuestros ojos se encontraron. Él solía ser demasiado preocupado por su trabajo, pero yo me fascinaba con la manera tan especial que tenía de decir, "claro, yo te quiero, gracias por todo". Me comí unos pequeños trozos de un pan casera y manjar y bebí rápidamente el café.—¿así cómo piensas engordar?—fruncí el ceño limpiando mis labios con la servilleta—no es que haga dieta, es que entre más crezco, menos tiempo para comer tengo. Ya sabes lo mucho que me muero por devorar una hamburguesa gigante con queso. —se rió ligeramente, de seguro estaba recordándome cuando me encantaba alardear de mi récord comiendo chatarra más rápido que los chicos—¿y al señor príncipe, eso le parece comedido?—solté una fuerte carcajada, tomé un bollo de pan y lo sostuve entre mis labios mientras volvía a mi habitación—¡Estos serán los modales que Eric obtendrá de mí!—hablé con el pan en la boca y me puse el abrigo ahora de manera formal. Me rugió el estómago, no había comido suficiente, más bien había dejado el café a medio beber. No hice comentarios, recogí mi teléfono celular, mi maquillaje, el reproductor de música, la billetera, una libreta, lápiz y lo eché todo rápidamente en mi bolso, el cual colgué para salir rápidamente por entre las calles, hasta detenerme en el automóvil de Seb. Toqué la bocina, para que se apresurara, y luego de ello salió, con su cara de enojado. Manejó con audacia hasta que se detuvo en las entradas de la universidad.—¿un besito para la buena suerte?—murmuré con una sonrisa traviesa, las expresiones de cariño a Seb le molestaba mucho—... vas a llegar tarde—me incliné hacia su mejilla y deposité un beso pequeño sobre ella—nunca es tarde para besar a mi buen amigo—me bajé y antes de cerrar la puerta le sonreí—y agradece que no uso maquillaje.

Espera, ¿a caso ella es la "princesa"?
¿Princesa, dices? ¿Es un diva y actúa como que es la reina de la universidad? No me extrañaría, después de todo, es la próxima dueña de "Way & dream".
¡No! se casará con un príncipe. De Dinamarca es.
¿Entonces ella es... una princesa de verdad?
Al menos, eso fue lo que oí.

Subí los primeros escalones con agilidad, me había esmerado en llegar a la hora en la que me había puesto de acuerdo con Fabián, pero él de seguro había entrado a clases, porque no andaba cerca. Me devolví, para buscar a los pocos compañeros con los que me había hecho cercana, tendría que esperar, pues hoy no habían clases hasta mucho más tarde. La verdad, no podía estar pendiente de los comentarios, a mi pensar, demasiado inútiles que entre ellos se murmuraban. O la forma en como los populares de la universidad hablaban de sus ropas y las próximas fiestas. Fingí una pequeña sonrisa, asentía a ratos como si en serio estuviera al tanto de lo que decían. Respondía con frases cortas que me ayudaba a disimular. Estaba fijándome, perdida, de manera curiosa en la altura de los árboles, bajé un poco más hasta ver cómo la multitud volteaba y comenzaba a murmuraba más que de costumbre. Me enderecé, para buscar el punto de atención. A lo lejos una figura se delineaba de manera diferente entre el resto. Rápidamente, aparté el brazo de un chico que descansaba sobre mi hombro y sin avisar, caminé en dirección de Eric. No pensé las razones, mis pies se conectaban con su camino de manera inconsciente. Mi cabeza gritaba: "¡Estúpida! todo se enteraran que están saliendo". Ni siquiera salíamos formalmente, me quejé.

Me detuve para admirar el ramo de flores, enamorada. A penas si podía responder, por lo que me animé únicamente a estirar mi mano derecha, para rozar con los dedos los pétalos de las rosas. Y cuando ya me atreví a sonreírle tímidamente, acuné el ramo completo, con delicadeza. Estaba complacida, por el momento, al menos. Estaba segura, que de alguna otra manera, el Señor Príncipe acabaría arruinándolo todo... como siempre.
Ahora la caja parecía misteriosa, al menos hasta que oí un pequeño quejido, parecido al del pequeño perrito de mis vecinos. Cogí la caja algo complicada, pero no por ello con menos emoción. Abrí la tapa ligeramente y reí feliz con la sorpresa, luego de soltar un gritito agudo— gracias, no pensé que podrías con esto. —fruncí el ceño sin comprender cuánto se había esmerado. Incluso, me hizo latir el corazón rápido cuando estuvo en demasía, cerca de mí.—Bueno, yo...—me alejé un poco para observar a los demás curiosos intrigados. Casi podía oír la voz grave de mi padre; "Donde sea, con quién estés, tengas lo que tengas que hacer, cancélalo por Eric. Con el poder que tienes hija, podrás componer todo lo que carece de importancia después". Me tomó un segundo más y asentí con la cabeza—¡Saldré! ¡Contigo!—le pedí tácitamente que llevará la caja con el pequeño bebé, entregándosela de vuelta a sus brazos. Me aventuré a abrazar su brazo desocupado y presioné mi cuerpo al suyo. Al mismo tiempo en que comencé la marcha, para que me llevara lejos de las miradas de los demás estudiantes.

No encontraba las palabras adecuadas para rellenar el silencio. Me entretuve mirando los detalles de las flores, mientras caminábamos del brazo, y alcancé a leer mi nombre en la tarjeta. Incluso comencé a pensar en buenos nombres para el cachorro del que me enamoré y ahora era mío —¿tenías que decir mi nombre completo al llegar a buscarme?—musité nerviosa internamente, traté de mostrar un rostro serenoya llamo suficientemente la atención sin tu ayuda, Eric.—vi, su automóvil a lo lejos y rogué que camináramos más rápido. Entre menos haga que su contacto me debilite, mucho mejor. No añoraba recrear las escenas humillantes que me hizo vivir. Lamentablemente, mi orgullo crecía con mi repudio hacia él.

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