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Mensaje por Alessandro Burcarella el Sáb Mar 01, 2014 6:53 am

Tell me, would you kill to save a life? would you kill to prove you're right?

- Strangio | Dos de la mañana | Bodega vieja, calle Ringstrasse de Viena.

El estruendo de cristal rompiéndose se hizo escuchar por toda la habitación logrando que los presentes que le acompañaban se sobresaltaran y le miraran asustados cual corderos al ver al gran lobo en su esplendor, la copa que segundos antes estaba en las manos del tercer hijo del Don Burcarella ahora estaba hecha pedazos en el lado contrario a donde el se encontraba, mientras tanto él respiraba profundamente queriendo controlar su ira. Y es que la furia que desplegaba Alessandro era incomparable, nunca antes le habían visto de esa manera en donde sus ojos destilaban rabia pura, un odio demasiado pesado para un joven de su corta edad pero, nadie decía ni una sola palabra para calmarlo,  experiencias pasadas les habían ensañado que era mejor dejar que el hombre se descargara con lo primero que se le diera la gana pues, llevaba más de una semana con ese humor inaguantable, frío y odioso. Aunque difícilmente podían contradecir su actitud, comprendían el por qué de ese carácter tan agresivo que mantenían desde hace días y es que, perder a un ser querido de la familia no era una situación simple ni sencilla,  mecho menos cuando se había tratado de un asesinato a sangre fría.

La noticia le había llegado en la madrugada unas semanas antes; él estaba en una de las tantas fiestas nocturnas donde la infamia se reunía para olvidar lo que eran en finas copas de cristal llenas de alcohol, en donde la música parecía querer reventar los oídos de quienes le escuchaban mientras los cuerpos se movían apretujados al ritmo del sonido que provocaban las enormes bocinas. El estaba sentado en uno de los largos sillones de cuero con un par de señoritas a su lado, no las conocía y no le importaba conocerlas, solo explorar las cavidades bucales que poseían las mujeres. Y entonces uno de los tantos subordinados de su padre llegó a prisa interrumpiéndole con la peor noticia que podía haber escuchado; su preciado primo y la mano derecha de su padre, Armand, había sido asesinado vilmente. El asesino no había dejado rastro alguno. Recordaba a la perfección como había salido de la discoteca de mala muerte a toda velocidad al encuentro del cuerpo del joven Armand, aunque en su cabeza aún no podía creérselo por completo. ¿Qué demonios había pasado?, no tenía ni dos días que lo había visto, estaba perfectamente bien y ahora venían y le decían que estaba muerto. Le había arrebatado la vida a uno de los seres que en verdad apreciaba, de los pocos miembros familiares  que según él, valían la pena conservar.  Uno de sus mejores amigos. Alessandro juró ante el cuerpo del difunto que encontraría a quien le había hecho tal atrocidad y le mataría, o peor, porque no iba a quedar impune aquel acto mientras él continuara vivo.
Alessandro siempre cumple una promesa.

Nunca antes se le había visto tan furioso y a la vez concentrado en algo,  solo sabían que un Burcarella enojado no era buena señal y si no eran necesarios lo mejor era apartarse. Había reunido a unos cuantos hombres de su completa confianza, inteligentes, astutos, despreciables y con sed de venganza al igual que él, amigos de Armand, para rastrear al asesino o a los asesinos de su primo. Cada día que pasaba su impaciencia crecía por terminar aquel trabajo prometido,  no podía dormir y mucho menos pensar con claridad. Mantenía un bajo perfil entre su familia pues, su padre no había movido ni un solo dedo para buscar a los que habían matado a su sobrino, parecía como si tan solo hubiese remplazado otro peón más en su tablero de ajedrez. Le asqueaba aquella indiferencia con los de su misma sangre.

Y entonces dos días antes había recibido la grandiosa noticia que habían encontrado a los asesinos, o más bien un par de asesinas. No le extrañaba entonces que su querido primo hubiese muerto, su debilidad más grande siempre habían sido las mujeres, porque seguramente si se hubiese tratado de un hombre, Armand estaría vivo tomándose una enorme copa de Brandi con él. Pero las féminas eran fatales para el chico, y seguramente fácil se había dejado seducir por un par de labios rojos  llenos de veneno. La gran diferencia entre Alessandro y su primo era que él no se dejaba engañar por ojos bonitos, él era el que atraía piernas largas a su cintura y brazos a su cuello, él era quien manejaba a las mujeres a su antojo y por supuesto, él era quien enterraba su ponzoña en ellas, no al revés. No sería diferente el caso, no tendría piedad ante unas medusas modernas, les cortaría la cabeza sin pensárselo dos veces.  Pero era realmente impaciente la espera.

Esa noche había mandado a sus hombres en busca de las mujeres, ya las tenían localizadas y no sería difícil atraparlas, o eso se suponía pero, ya eran pasadas la una de la mañana –casi las dos-  y no llegaban. Alessandro perdía la poca paciencia que tenía en la cabeza ante cada tictac del reloj en la sucia pared; apretando la mandíbula con fuerza saco el arma que adornaba su cinturón y dando un certero disparo derribó el objeto que le crispaba los nervios. Observó de reojo como algunos se alejaban un tanto de él, eso le hizo recobrar un poco la compostura respirando hondamente para apaciguar nuevamente su paciencia. No obstante, sus ejercicios de respiración fueron interrumpidos por el toqueteo en la puerta de la bodega de su familia, arqueó la ceja reconociendo de inmediato el código implícito en los toqueteos y con un movimiento de cabeza ordenó que se abriera la puerta. Podía ver al par de hombres que había mandado junto con una figura femenina entre ellos, solo las siluetas pues la poca iluminación en la entrada y en partes de la bodega era un problema para su vista. - ¿Qué no eran dos perras?.- preguntó con irritación la voz. El carraspeo entre sus hombres se hizo presente seguido de un incómodo silencio. –RESPONDAN, CARAJO.- golpeó la culata del ama con fuerza en la mesa que estaba recargado,  logrando la atención de los demás. –Escapó pero…- -Son simples mujeres, ¿Cómo que escapó?...¿Sabes qué? No importa, trae a esa acá, ya.- se masajeó a cien sintiendo la incompetencia de sus subordinados, no entendía como unas simples mujeres como esas, se les habían escapado. Los pasos se fueron acercando hasta llegar a una distancia prudente,  hizo una seña con la cabeza y la mujer estaba a sus pies en el suelo.

Se agachó un poco aún con el arma en la mano mientras que con la otra le alzaba la barbilla para poderla observar mejor. Sonrió apretándole con fuerza la mandíbula hasta ver sus dedos hundidos en la piel blanca. –¿Una asesina tan callada?, Te ha comido la lengua el gato ¿eh?, no te preocupes, que con gusto puedo sacártela.- le soltó con rudeza irguiéndose frente a ella, imponente. Porque ahí el que mandaba era él y el nuevo juego se iba a jugar con sus reglas.



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Re: Are you sure, would you kill to save a life? Then, let's play this little game of death and life.

Mensaje por Allegra C. Strangio el Miér Mar 05, 2014 2:55 am

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Idiota—se limpió la sangre del hinchado labio, le palpitaba con fiereza el rostro del golpe que había recibido pero esa era la última de sus preocupaciones. —Donielle no podemos ir las dos—sus pasos suaves pero apresurados se detuvieron mientras cruzaban por aquella fábrica de tabaco que por el aspecto llevaba años sin escuchar el sonido de máquinas. Se llevó un dedo a los labios indicándole a su hermana que debía callar mientras ella bailoteaba alrededor pensando, siempre pensando; un sonido le interrumpió de su plática con ella misma, jaló del brazo de su hermana para empezar a caminar de espaldas, alguien estaba con ellas, lo sentía, lo sabía por la forma en que todo adoptó un orden nuevo, el aire era diferente, saturado de más personas—Habla con Da Forno, dile que venga por ti, encuéntralo afuera—abrazó a su hermanas hasta poder susurrarle al oído. —No te atrevas a regresar ¿Escuchaste? —la apretó cuando no hubo respuesta. Pobre su hermana, lo único que tenía, de lo único que estaba orgullosa. — ¿Escuchaste?... Camina—cruzaron con cautela hasta un túnel subsecuente para alejarse, de pronto le olió a muerte. —Caminaras, no te detengas hasta que estés con Paris—pudo ver parte de su alma en los ojos de su hermana pero ignoró el destello de lágrimas, o lo que parecían ser lágrimas. —No regreses aunque puedas—su voz melodiosa acompaño a la perfección el acto de sacar su arma y dársela a su hermana. —Dispárame, aquí—se alejó dejando en claro que no era una broma. —Tiene silenciador… ¡Donielle! Tienes dos opciones, así que como podrás imaginarte tendrás que decidir si me disparas o no, puedes no hacerlo  a menos que quieras pasar el resto de tu vida siendo la zorra de un Burcarella pero te mereces mejor que eso—cerró los ojos cuando su hermana apunto la pistola a ella y la descargó en su hombro derecho. Jamás había sentido tan dolor en toda su vida, se dejó caer al piso con un grito encerrado que le quedo en la garganta. Las lágrimas la ahogaron y a pesar de estar ya jodido por decisión propio rio descarada cuando o como pudo. —Vete, tienes tiempo antes de me encuentren—jadeo con lo que le quedaba de vitalidad. La otra desapareció sin mirar atrás. Recargó la espalda en una pared para esperar a los bastardos que ahora se indignaban con la muerte de otro bastardo; le ardió la piel solo de pensar en eso, la sangre corría sin detenerse pero no iba a morir, esperaría hasta que la tuvieran, quería ver todos los rostros y reírse tan fuerte que la tierra temblaría. —Suerte…—susurró cuando vio a un sequito de hombres aproximarse, y si era mucha suerte para ella, la reina de corazones. —Se tardaron en llegar. —fue todo.

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No sentía nada, era y fue una piedra que bien podrían utilizar para lo que fuera, eso era lo que menos le interesaba. Pocas eran las cosas que realmente la movían o la llenaban ¿Pero cómo  llenar de vida a un ser vacío que no quería ser llenado? Su alma se había ido a la deriva tan pronto de tantas batallas que ganar o perder no eran más que palabras, claro, su hermana era otra cosa, suerte para ambas que solo la tenían a ellas, al pozo más negro. Torció la sonrisa mientras caminaba resguardada y estalló en una carcajada cuando escuchó al tipo llamarles perras. La situación no era graciosa, pero ella era Allegra, claro que lo era, era muy gracioso. Se vio interrumpida de aquella diversión cuando estuvo de rodillas ante él, no en la forma que ella hubiera deseado pero ahí estaba, sangrando aún, con el dolor en piel a todo lo que daba. Lo miro como solo ella sabía, con impertinencia desbordándole por las pupilas. — ¡Que cruel eres! —puso la mejor cara de mustia que pudo. —Pero no te preocupes, te ahorraré el trabajo de hacerme hablar incluso te puedo decir el paso a paso, lo único que me molesta un poco es que me hayas llamado perra cuando todos aquí sabemos que soy mucho peor—giró los ojos. Le parecía bastante triste que sus iguales siguieran prendados a la idea de lo inútiles que podían ser las mujeres en la mafia cuando ya todos sabían que si las dos grandes hijas de puta en toda Italia eran ellas. Por supuesto estaría enfadada con el adjetivo de perra, la rebaja a lo que podía ser cualquiera… y si bueno, también era eso ¿No la hacía mejor? —Y… ¿Asesina? Esto es el colmo…—movió la cabeza dejando que los dedos contrarios se restregaran con fuerza, como pudo se deshizo de cualquier agarre, entrenada para matar podía hacer eso incluso cuando sentía que la vida se le iba por entre los dedos.

Se acercó al chico tentando a los más oscuro, de donde venía toda su estirpe encargada de cortarles las alas y sumergirla en lo más profundo del infierno. — ¿Sería muy osado decir que tal vez te falta información? Creo que no sabes los demonios y guerras que desatarías ¿Cierto? Defendiendo lo indefendible...—aspiro con fuerza soportando el dolor de la jodida bala, el silencio después se volvió tan doloroso como indescifrable. Incrédula, así estaba.—El niño jugando al Don y pensando que me importa morir… ¿Por qué crees que me importa tú arma en mi sien? —Allegra amaba el sentimiento que le provoca no conocer y sentirse pérdida, desolada. No temerle al fracaso era su lema, por eso la burla cuando estaba tan cerca de un disparo. —Veo… que tu personal no hace muy buen trabajo así que dispara ya ¡Por favor! O sigue maquinando ideas de cómo desaparecerme del planeta—siempre había sido descarada, una pequeña zorra mal educada, una maldita estúpida que le viene importando poco la humanidad –o la poca que le queda- que se le otorgó ,pero mientras aun tuviera entre los dientes su vida haría y diría lo que fuera. Por eso se atrevió a jugar un poco, acercándose al chico hasta estar detrás de él. —Pero les digo a todos de una vez que si me dejan viva más les vale que preparen sus mejores plegarias y se escondan en donde mejor puedan porque voy a barrer el cielo y el inframundo con sus asquerosos cuerpos—Se fijó en todos los detalles dándose cuenta que el medio ambiente le congelaba la piel. Un escalofrío le descendió por la columna vertebral causando que la chica castañeteara ligeramente.

Así que haz los honores de cualquiera de ambas cosas y no te detengas pues seguro tienes buenos métodos—volvió a la posición original pero esta vez pegó con dos dedos sobre el arma, subió la mano ajena hasta su cabeza y le sonrió, la sonrisa más brillante y es que no era el momento para nada más, solo la duda latente, caprichosa.


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Re: Are you sure, would you kill to save a life? Then, let's play this little game of death and life.

Mensaje por Alessandro Burcarella el Vie Mar 07, 2014 5:34 am

Sabía que no se iba a topar con una mujer común y corriente, no se iba a tratar de una de las damas a las que él estaba acostumbrado a tratar en las galantes cenas de presentación que hacía su padre, tampoco encontraría a una mujer como las que atrapaba con su voz en los clubs, no era de las que se dejarían seducir con facilidad con caricias suaves ni mucho menos se trataría de una víctima que sollozaría por su vida. Si había sido capaz de quitarle la vida a su primo con tanta facilidad tratándose de un hombre meticuloso a la hora de confiar, frío en cuanto a asesinar, la mujer era bastante buena en ese arte. Aunque claro, su querido primo siempre bajaba la guardia cuando un par de piernas bonitas se le atravesaban, subestimaba mucho a las féminas al creer que tan solo servían como un adorno más, no, él no cometía, ni cometería el mismo error que Armand. Las mujeres eran su diversión pero sabía de lo que podían llegar a ser capaces algunas de ellas, no todas eran iguales, por eso, la cautela era su mejor arma cuando de mujeres se trataba; más cuidado tendría al tratar con aquella víbora de lengua filosa que estaba más que  lista para dejar salir todo su veneno. Porque se esperaba aquella actitud desdeñosa a pesar de su triste situación, las miradas frías, desafiantes, era algo que suponía que haría la mujer. Sonrió ligeramente al verla como un animal acorralado queriendo demostrar que seguía siendo peligroso cuando todos sabían ahí que su piel ya tenía un precio.

Dejó que se irguiera y le rodeara, no le preocupaba absolutamente nada, porque ahí era él quien mandaba, no era tan estúpida como para intentar escapar o matarle, tenía todas las de perder ella. No puedo evitar arquear las cejas ante lo que decía y mirar disimuladamente a uno de los hombres más confiables que tenía, ¿Qué quería decir?, entendía que a veces para librarse de torturas o problemas las personas se inventaban cualquier estupidez; tal ve no debía creerse ninguna de sus palabras pero, Alessandro prefería estar seguro de todo. Con un movimiento de cabeza indicó al hombre que saliera de ahí, que buscara más sobre esa mujer de la cuál ni nombre le sabía, pero a él poco le importaba como era llamada, tan solo quería averiguar si mentía o no con respecto a sus palabras tan curiosas. Reconocía a los de su clase, mentirosos por profesión, ya nadie sabía si se hablaba una verdad o una mentira de tan bueno que era engañando.

Dejó que la mujer terminara de hablar, ni si quiera se inmutó  de lo que decía ni nada, se mantenía con la ceja arqueada y un cierto aburrimiento pintado en el rostro. No estaba realmente asombrado. Se rió con ganas y quitó las manos ajenas de su arma, pero no movió la que ella misma había puesto sobre su cabeza. – ¿Crees que te mataré tan pronto?,  no puedo darte un lujo como ese. Al menos no aún.- se agachó nuevamente mientras apretaba los cabellos de la mujer con fuerza y él le miraba sonriendo con ligereza. – No pienso mancharme demasiado con sangre tan asquerosa, te aseguro que de aquí saldrás arrastrándote viva, la muerte te llegará más después, no ansíes algo de lo que no eres digna, pequeña rata.- le soltó de los cabellos con rudeza y se alzó de nuevo. Comenzó a caminar alrededor sin dejar de mirarle. -  Tus amenazas no valen nada para mí, porque no te voy a dejar hasta que me canse de jugar contigo, hasta que me aburra de ti. Buscaré la manera de torturar todo tu ser  una y otra vez, hasta que tus ruegos se vuelvan verdaderos y desesperados, hasta que llores sangre. Entonces consideraré matarte.- su promesa había sido matar al asesino de su primo y tenía las intenciones de cumplirlo pero, que aburrido sería si todo acabase ahí; que mejor que ver a un gusano retorcerse de dolor, cuan grata satisfacción era ver a un insecto revolverse de sufrimiento hasta por fin darle el tiro de gracia.

Se acercó hasta ella por detrás y colocó la mano sobre su hombro herido, había notado el rastro de sangre que desprendía la herida desde el momento que había cruzado la puerta. - ¿Te podré romper más de lo que ya estás rota?.- sonrió mientras apretaba con fuerza el hombro de la mujer sin escatimar siquiera en que algunos de sus dedos se estaban manchando de sangre. – Apuesto que te verás más hermosa sollozando, con las ropas finamente manchadas de sangre. Imagínate el bello contraste que tu piel blanca haría con el rojo escarlata, que cuadro tan más precioso podríamos hacer contigo.- habló como si se tratase de una simple obra de arte, algo nada fuera de la común; seguramente los artistas más renombrados pagarían por ver imagen del dolor y la pena pintadas en la mujer, pero eso era un deleite que solo él podría ver.  Su mirada recayó en los cristales rotos de la copa que había destruido, y sonrió cual niño que ve su primer juguete bajo el árbol de navidad; ella llegaría a ser como la copa, así quería ver a la mujer, hecha un desastre, completamente destruida y sin ningún arreglo. Pero para llegar a ese punto aún faltaba bastante, sabía que no iba a ser trabajo fácil pues estaba tratando con una persona tan maldita como él mismo. Oh bueno, ahora se vería en el concurso de los despreciables e infames quien podría ser el ganador.

Como si le leyeran la mente, uno de los hombros le acercó un largo pedazo de cristal, alzó la mano que mantenía apretando el hombro de la chica y tomó el objeto punzante con ella. Le alzó de los cabellos hasta tenerla bien en pie, pegada su espalda contra su pecho; su brazo le rodeó el cuello sin llegar a asfixiarla, la pistola no se separaba de él en ningún momento. – Dime, pequeña rata, ¿Crees que tu compañera podría venir por ti si le pongo carnada fácil?, no creas que me olvido que son dos ratas las que debía atrapar.- Susurró contra su oído subiendo la mano que sostenía el cristal hasta la mejilla pálida, dejó que la punta bailara sobre el pómulo sin hacer mucha presión. – Seguramente reconocerá tus ojos, o incluso alguno de tus dedos, vayamos poco a poco, porque tenemos bastante tiempo para decidir que vamos a hacer contigo y la otra puta. Haré que las horas pasen lentas, dolorosas, exhaustivas, hasta que desees con desesperación que todo sea una pesadilla y pueda hacerte ver una y otra vez que es una cruel realidad.- Apretó el cristal contra la piel logrando un corte no muy profundo en la mejilla derecha de la mujer, una franja roja de unos tres centímetros. No era fanático de marcar el rostro de las féminas con heridas pero, debido a que se trataba de un caso especial, debía darle un trato completamente diferente, sería muy maleducado su parte tratarla como una perra cualquiera.  


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